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CIEN


SONETOS


A AMOR

(I)





OBRA ORIGINAL DE

Jerónimo García Pérez

J E G A R P E


Fotografía de 1958, que se muestra en el manuscrito original















PRÓLOGO 2013


La presente obra poética la escribí durante los años 1957- 1958, cuando contaba 22 años de edad. La mayor parte de los cien sonetos que la conforman fueron compuestos en Valencia, cuando realizaba mi servicio militar. Es el cuarto de los 31 libros-manuscritos que poseo, si consideramos el orden cronológico en el que los escribí. Gran parte de ellos son inéditos. En lo que concierne a CIEN SONETOS A AMOR, puedo decir que la mayor dificultad que se me presentó para realizarlos fue encontrar el centenar de historias adecuadas para dar forma a todos y cada uno de los sonetos. Tuve que consultar varios textos hasta completar dicha cantidad. Hoy, que trato de sacarlos a la luz, releyéndolos, me suenan muy distantes y hasta reconozco que vienen a faltar historias muy conocidas que integran el ámbito inefable de la mitología grecolatina que no supe encontrar entonces. Os dejo, pues, con ese mundo increíble y fantástico urdido por Eros.


Albacete, Diciembre de 2013






















PRÓLOGO 1958


Cuando la imaginación y la fantasía de los hombres llega hasta el extremo de crear -y creer- un mundo nuevo, de dioses que conviven con los mortales, que aman y sufren con ellos, ese fabuloso sueño se convierte en el arte y la poesía maravillosos.


Esta obra pretende desglosar, de esa gigantesca tela de araña que es la mitología griega, en la que jamás se sabe dónde termina la ficción y dónde comienza la realidad, cien historias de amor.


Pero...dejemos actuar a EROS, ese diosecillo rubicundo que labró, con su poder insospechado, la felicidad o la desdicha de nuestros personajes.

























I. DAFNIS Y CLOE.


Dafnis corre veloz, sin embarazos.

Alas le presta Amor en su carrera.

Lycenia le enseñó lo que él quisiera

y a Cloe enseñará tan tiernos lazos.


Tendida al pie del tronco, entre sus brazos,

cual dríada que al árbol se ciñera,

zagala virgen, del zagal espera

gustar los besos de él y sus abrazos.


Amor que, aunque es veneno, no emponzoña,

amor nacido al son de la zampoña

que tañe Pan, galante y protector.


Amor que consagraron a las ninfas

de la gruta, mirándose en sus linfas.

Amor ingenuo y rudo, pero amor.



























II. PAN Y SELENE.


La noche toda hasta el claror conversa,

el son de la siringa su palabra,

Pan con la Luna, suspirando que abra

sus brazos amorosos, plata tersa.


Tan sólo Pitis no le ha sido adversa.

Y no es Amor quien su desgracia labra:

Cuernos y orejas son, patas de cabra,

y ese terror que infunde y que dispersa.


Por eso Psiquis se sintió asustada

cuando él le consoló su corazón

y Bóreas despeñó a su bienamada.


Por eso Eco se arrojó al Ladón

y cruza aprisa la noche estrellada

Selene, que va en busca de Endimión.




























III. APOLO Y DAFNE.


Fragante rosa o virginal capullo,

temática de arcillas y pinceles,

que desdeñaste las sabrosas mieles

que Apolo te ofreció para honor tuyo.


Oh, frágil Dafne, por tu casto orgullo,

por tu pudor y por tu afán de hieles

te hizo la Tierra aromas y laureles

a los que sólo el ave dará arrullo.


Ya estás segura en las maternas haldas,

no temerás la sombra aterradora

ni sentirás su aliento en tus espaldas.


Ya no tendrás que huir de la porfía

de Febo, entre las frondas, cual la Aurora

huye del Sol cuando despunta el día.




















IV. ACIS Y GALATEA.


En nave de argentán que el mar cimbrea,

el hijo de Simetis, blonda espuma,

navega, sigiloso, entre la bruma

del mar, hacia la playa lilibea.

Durmiendo entre la fronda, Galatea,

suave es el suelo más que blanda pluma,

se halla la ninfa que a la flor perfuma;

su grácil cuerpo entre el verdor blanquea.


Acis la encuentra y en su goce extremo

gusta las mieles de su dulce boca.

Amante desdeñado por su mal


descubre tal escena Polifemo

y arroja al navegante gruesa roca...

Neptuno de su sangre hizo un cristal.








V. EROS Y PSIQUIS.


Llama convulsa del celeste fuego

fuiste primero, para ser más tarde

ente carnal de tu curioso alarde,

en los brazos de Amor placer y juego.


Amaste, generosa, al cruel efebo

-sangre de Venus que en sus venas arde-

quemó tus carnes de pasión cobarde

sin darse a ver y abandonarte luego.


Alma sincera, mariposa errante,

que vas en busca del esposo huido,

venciendo a tu dolor tu amor gigante.


¡Oh, dulce Psiquis!, si de fuego has sido,

¿por qué te dejas abrasar, amante,

gozosa, por el fuego de Cupido?



VI. VESTA Y.PRÍAPO



Jamás pudieron seducirte, Vesta,

Hermes, primero, recatada dama,

matrona augusta de hogareña llama,

ni, luego, Apolo, el de figura apuesta.


Tu indiferencia hacia el amor molesta

al dios adolescente que proclama

hacerte víctima de impura trama...

Mas no te pudo y proseguiste honesta.


Si Príapo, jovial, quiso besarte,

en brazos de Morfeo tu entereza,

no fue la voz del asno de Sileno


quien te salvó, que fueron tu estandarte,

tu honor sin mancha alguna, tu pureza,

tu misma honestidad, tu genio bueno.



























VII. HÉRCULES Y ÓNFALA.


Vaivén de su aventura, con la insidia

que Juno le profesa, siempre solo,

llegó al país donde el hermoso Apolo

venció en la música al dios Pan: la Lidia.


Se ahogó su fuerza, de la Grecia envidia,

entre el placer, la liviandad y el dolo

que, en brazos de la cónyuge de Tmolo,

fueron, no sólo amor, también perfidia.


Cambió su maza por la indigna rueca,

pecho viril por palpitante pecho

y fiera faz por placentera mueca.


Heracles, que por nadie fue vencido,

yace con Ónfala en dorado lecho,

vencido y derrotado por Cupido.





VIII. APOLO Y CORONIS


No pudo Apolo perdonar tu acción

porque, aunque dios, su corazón sufría,

y, aún eterno, te amaba todavía,

que, en su lira, tu nombre era su son.


No pudo disculpar tu corazón

porque él en su interior te comprendía

y supo que era amor lo que pedía

la voz liviana de tu gran pasión.


Oh, infiel Coronis, balbuciente verbo,

que en brazos de Ischis sólo fuiste lodo,

pues te robó el honor siendo tu siervo.


Las manos que supieron protegerte

te dieron fe y placer, te dieron todo...

¡incluso las caricias de la muert



IX. PARIS Y HELENA.


Minerva le ofreció sabiduría,

Juno, poder, y la deidad más bella,

la más hermosa y pasional doncella

de cuantas Gea producido había.


Su voto fue lo que su amor pedía

-sustancia misma de su buena estrella-

y así venció en la singular querella

la linda Venus, que triunfar debía.


Supo inducirle la divina Helena

tan gran pasión, tan ardorosos bretes,

que nunca supo Paris si fue herido


de muerte por la flecha -angustia y pena-

salida del carcaj de Filoctetes

o alzada por el arco de Cupido.


























X. DIONISOS Y ARIADNA.


Mujer nacida en las riberas blandas

siempre espumosas de la clara Creta,

calcada en Venus tu gentil silueta,

lechosos pechos sobre albor de holandas.


Tu amante cruel -de su aventura en andas-

por Palas seducido y por su treta

en Naxos te dejó y, anacoreta,

Baco te vio del Céfiro en volandas.


Dormida el dios te conoció y hermosa

-Ariadna al fin, placer, flor del deseo-

te dio el calor de su pasión grandiosa.


Quisieron Afrodita e Himeneo

hacerte de Dionisos rica esposa,

aún en el mar la nave de Teseo.


























XI. CÉFIRO Y FLORA.


Reina es de flores, entre flores mora,

de flores ha vestido sus colores,

su frente está teñida de albas flores,

flor es su origen y su nombre es Flora.


Por eso el hombre que la ve la adora,

y Céfiro, que esparce sus olores,

es presa del vapor de sus amores

y, ciego, de la ninfa se enamora.


La hermosa, al conocerse perseguida,

huye, no tanto del raptor galante,

así cual de la voz de su pudor.


Por él lucha, tenaz, mas es vencida

y hecha jirón de una pasión triunfante

porque lo quiso la verdad de Amor.



XII. HILAS Y LAS NÁYADES.


Capricho fue de la divina flauta

que todo lo armoniza, que existiera

en Troada tan verde primavera,

tan tiernos cantos, que la mente cauta


del bello Hilas se tornase incauta

por culpa de la queja lastimera

-murmullo del Ascanio en la ribera-

que atrajo con su son al argonauta.


Y preso del amor, sólo embeleco,

oculto en el embrujo de sus voces,

fue, en manos de las Náyades, muñeco.


La voz de Polifemo, en las veloces

alas del viento, lo llamó, y el eco

habló por él de muertes y de goces.






XIII. ECO Y NARCISO.


Narciso no ha de amar: La amarga suerte

y oráculos le niegan tal dulzura.

Por eso vaga solo en la espesura...

Velando tras Amor está la Muerte.


No vio a mujer, por eso, cuando advierte

su cara reflejada en la tersura

del agua de una fuente, se figura

que ve la de una ninfa. -Amor es fuerte-.


Eco, su amante y no amada pastora,

descúbrelo, y sus ojos, asombrados,

destilan una perla de desgaire.


Narciso de sí mismo se enamora

y víctima fenece de los hados.

En los brazos de Febo Eco se hace aire.



XIV. BIBLIS Y CAUNO.


Lágrima eterna seguirás llorando

el fiel recuerdo de tu amor huyendo,

pues fuente gélida le estás queriendo

y Biblis cálida le estás amando.


El paso de tus aguas barbotando

y el brillo de tus ojos sonriendo

cristal son donde Cauno se está viendo,

espejo en que el galán se está mirando.


Amor, que nada sabe de pudores,

indujo tu razón con los mejores

caprichos de tu gusto soberano.


Por más que lo persigas, saltarina,

transida el alma de dolor, tu hermano

huyendo seguirá entre la neblina.




XV. CORESO Y CALIRROE.


Podrase amar hasta perder el seso,

saberse amada hasta la miel lasciva,

mas no como lo fue la ninfa esquiva,

ni nadie ha de querer como Coreso.


Hiende en su pecho tu puñal avieso,

amante fiel, que la ira vengativa

de Baco te la ha dado inofensiva,

por desdeñarte una caricia, un beso.


Si muerta la quisiste por amarla,

también tu vano amor, como un presente,

tu muerte le ofrendó para no odiarla.


Que no penen tus manes: Calirroe,

-ánima, azar que la ternura roe-

será morir primero, luego fuente.



,




XVI. JÚPITER Y DÁNAE.


En torre sin sonrisas, mar de almenas,

vive infeliz la que es entre mujeres

la reina, quien, por sádicos poderes,

yace oculta a libídines ajenas.


¡Miradla, dioses, y aliviad sus penas!

El más gentil de los mortales seres

aún no conoce lo que son placeres

ni ha hecho brotar Amor fuego en sus venas.


Aunque muros opongas, débil veto

para amor tan callado y tan sonoro,

¡tiembla, Acrisio!, tu muerte está cantada.


Tu destino lo lleva escrito un feto

que será hijo de Dánae, fecundada

cierto día por una lluvia de oro.







XVII. SALMACIS Y HERMAFRODITO.


Rima con su luz versos el ocaso,

juegan en el bosque amores rollizos

con alas de albor y cobrizos rizos,

mientras el amor llega paso a paso,


que en la sensual paz de Halicarnaso,

en la fuente azul de embrujos y hechizos,

donde el viejo sol ríe oros rojizos,

báñase un doncel, fuego del acaso.


Y Salmacis, fiel a un mundo infinito

de ansias, contempló al hermoso ser,

espuma del mar, bello Hermafrodito.


Un abrazo cruel, un caliente beso

y un deseo afín de amor, de placer,

hicieron de dos seres sólo un sexo.



XVIII. IFIS Y ANAXÁRETA


Fueran poco el despecho y el orgullo

de Juno o la vil saña de Marte,

Anaxáreta cruel, para adornarte

o para hablar de ese desprecio tuyo.


Si no te conmovió antes, por ser suyo,

su dolor de hombre, no podrá causarte

mejor pena ahorcado por amarte,

que Ifis fue para ti queja y murmullo.


Junto a tu puerta en eternales ratos,

como un mendigo que cariño medra

medró tu amor en brazos de Thanatos.


Como hizo de él Eros helada hiedra,

Venus hizo después de tus ingratos

desdenes, para Ifis, dura piedra.







XIX. ALFEO Y ARETUSA.


En la tarde sin luces, inconclusa,

de ruidos y alborotos añagaza,

rendida y fatigada por la caza,

descanso el río ofrece a Aretusa.


Al contacto del agua, azul, profusa,

surge Alfeo, lascivo, cual su raza,

que, unas veces la sigue, otras la abraza.

Mas la ninfa huye de él, casta y confusa.


La doncella, que siente profanada

su carne, pide ayuda a Artemisa,

quien trueca su sudor en fuente helada.


Pero Amor, que enajena los sentidos,

a sus cuerpos mandó, con su sonrisa,

que en Ortigia quedaran confundidos.



XX. ANFÍTRITE Y NEPTUNO.


En la calma del mar silente, muda,

cabalgando en las olas de algodón,

se desliza, sutil, una canción,

que de Nakos nacida, tiembla y duda.


Perla sin valvas que, al danzar desnuda,

alas le presta Eolo, Euterpe son,

himno que hace surgir a Poseidón

y danza que a Tersícore demuda.


Las Nereidas, que ciñen con cendales

de alba espuma la nítida cintura,

su voz prestan a Anfítrite, sensuales.


Y presa de Neptuno, la hermosura

fue nácar en palacio de cristales,

de ova y lama, en el mar de la negrura.





XXI. VENUS Y ADONIS.


La tez imberbe, acariciante el vello,

los ojos dulces y feliz la suerte,

que Ganimedes fiel sufrió por verte

y el mismo Apolo te envidió por bello.


Mirra te dio la vida y, aún destello,

Perséfona no quiso protegerte

para que Venus, Adonis, cederte

pudiera a tu filial abrazo el cuello.


Mas su cariño, maternal otrora,

se convirtió en pasión abrasadora

por ironía del ingenuo Amor.


Sentir sólo emulado por la vana

mentira de tu muerte y el dolor

de verte asaeteado por Diana.



XXII. APOLO Y MELIA.


La llama de su amor se hizo celérica

pasión a la que Apolo dio su cálida

caricia, que, al gustarla, se hizo inválida

de quejas y dolor, jamás colérica.


La hermosa Melia, ilusión quimérica,

Jacinto en su fantástica crisálida

de virgen, mariposa se hizo pálida

en brazos de su amado. Fe esotérica.


Nacida para ser fuego volcánico,

capricho del viril placer vesánico,

halago sensual y tierna súplica.


Y en la tarde nimbada, melancólica,

como un ardid de la quietud bucólica,

la ninfa goza de su amor, abúlica.





XXIII. CASANDRA Y AYAX.


No en la ancha Troya, pavorosa ruina

que tú auguraste sin ser escuchada,

busques la mansa paz, Casandra amada:

Huye más lejos de su odiosa inquina.


No en el templo has de hallar, mujer divina,

el amparo que ansías, pues lograda

te verás por Ayax, aunque abrazada

pidas fe a la imagen paladina.


Ya no existe tu hermano, Héctor egregio,

muerto en liza una tarde roja y fatua,

para afrenta tan vil vengarla regio.


En el templo, troyano privilegio,

se produjo, al rodar cuerpos y estatua,

además de un estupro, un sacrilegio.



XXIV. NEPTUNO Y AMÍNONA.


¿Aún no la ves, fiero dios de los mares,

que así la oculta el verdor importuno?

Observa a la hija de Dánao, Neptuno,

que busca el agua lejos de sus lares.


Véla, es Amínona, tiernos cantares

que ahora alza su arco, veloz cual ninguno,

buscando el cuerpo del ciervo oportuno

que osó turbar los silentes pinares.


Ve como el dardo que la bestia esquiva,

hiere de soslayo a un fauno durmiente

quien quiere ajarla como a una flor tierna.


¡Oh, sálvala de la furia lasciva!

Dale, Neptuno, tu amor vehemente

y llévala a las lagunas de Lerna.






XXV. ALCESTIS Y ADMETO.


Por uncir a su carro soberano,

guarnecido de plata y de rubíes,

fieros leones y lerdos jabalíes

te hizo Pelias el más feliz humano.


Te dio a Alcestis, te concedió su mano,

su sonrisa, sus labios carmesíes

y su cuerpo rosado de alelíes,

suave Admeto, galán de amor tirano.


Si las Parcas tu vida respetaron

por deseo de Apolo, proclamaron

que muriera otro ser para salvarte.


Ofrecióse tu esposa a Proserpina

y la reina del Érebo, divina,

devolvióla a la vida por amarte.



XXVI. ALCIONE Y CEIX.


Con Selene, con Helios, con la Aurora,

llora a Ceix tu pena y tu dolor

que no han de hacer tus lágrimas mayor

la anchura de la mar. Alcione, llora.


Una estrella o un ave voladora

a lo lejos...Tal vez un soñador

fantasma de la mente, que tu amor

dibuja sobre el agua bramadora.


En el mismo lugar donde la nao

de tu esposo partiera hacia la muerte

acabaste tus bravas ilusiones.


Ya no llores que Tetis, entre el vaho

de las aguas, tu tibio amor advierte

y hará de vuestros cuerpos dos alciones.





XXVII. MEDUSA Y NEPTUNO.


La más dulce y sensual, la más profusa

en goces y en pasiones, linda Hebea,

y la más pronta en darse al que desea,

de entre las tres Gorgonas fue Medusa.


Neptuno, al verla, su razón confusa,

en pájaro se metamorfosea,

y, sobre el mismo templo de Atenea,

hízola suya en su potencia infusa.


¡Oh, inicuo estupro, sacrilegio! Advierte:

La empresa de Perseo será, en alas

de la ira de Minerva, darle muerte.


Tan blonda cabellera de áureas hebras

será cabeza en el broquel de Palas,

cubierta de cerastas y culebras.




























XXVIII. ANTÍOPE Y ZEUS.


¿Tuvo la culpa de nacer hermosa,

como la espuma del ardiente Egeo,

como las ninfas del fatal Leteo,

la bella Antíope, senos de rosa?


¿Tuvo la culpa, por amar ansiosa,

de darse entera ante el carnal deseo

al Sátiro zeusino? No, Nicteo.

La culpa fue de Venus, la dichosa.


¿No le darán tus manes la pedida

paz que anheló, los horizontes ricos

que ella buscó en los brazos de Epopeo?


¿Ha de saberse sempiterna huïda

de la venganza de su hermano Licos,

sin degustar el cálido Himeneo?



XXIX. AQUILES Y BRISEIDA


Barbián temible de los pies ligeros,

que elogie Marte tu valor, Aquiles,

tus gestas magnas, tus empresas miles,

que hable también de tus amores Eros.


Así sabremos que tus brazos fieros

fueron para Briseida, aunque viriles,

más cariñosos siempre, más gentiles,

que cuando dieron muerte pendencieros.


Pero más grande que tu gran pasión,

amor postrero de tu vida breve,

era el orgullo de tu corazón.


Abandonaste la contienda, aleve,

presa tu esclava por Agamenón,

y, ni aún devuelta, la aceptaste, leve.




XXX. HIRIA Y APOLO



¡Qué tristeza tan blanda tu tristeza,

qué amargura tan dulce tu amargura,

qué ternura tan muda tu ternura,

y qué sutil, Hiria, tu sutileza!


Por ojos, dos estrellas de franqueza,

por miembros tu traslúcida tersura

y tus aguas, tus ondas, tu figura...

Tan sólo eso serás: agua y maleza.


Mas te queda el recuerdo de otras horas

con que vencer tu soledad, tu olvido:

¿Fue verdadero amor? ¿Fue dolo sólo?


Aquellas tardes arrebatadoras

por el capricho del jovial Cupido,

entre los brazos del lejano Apolo.








XXXI. ANTÍOPE Y ZEUS.


¿Tuvo la culpa de nacer hermosa,

como la espuma del ardiente Egeo,

como las ninfas del fatal Leteo,

la bella Antíope, senos de rosa?


¿Tuvo la culpa, por amar ansiosa,

de darse entera ante el carnal deseo

al Sátiro zeusino? No, Nicteo.

La culpa fue de Venus, la dichosa.


¿No le darán tus manes la pedida

paz que anheló, los horizontes ricos

que ella buscó en los brazos de Epopeo?


¿Ha de saberse sempiterna huïda

de la venganza de su hermano Licos,

sin degustar el cálido Himeneo?







XXXII. CRETEIDA Y PELEO.


Razón fueron los juegos funerales,

de Pelias honra, de Tesalia fasto,

para que Amor trocase el celo casto

de Creteida en mil goces sensuales.


La causa fue Peleo de su males:

Por el embuste de su esposa, Acasto

hizo al de Eaco de sus iras pasto

y pasto de los fieros animales.


Mas hecho libre por el buen Quirón

-¡oh, vil mentira de violación,

capricho de mujer, pasión impía!-


a Antífona hizo ofrenda el vengador,

al dar, no sólo muerte al cazador,

también a su mujer, Astidamía.



XXXIII. COMETO Y MELANIPO.


Si su padre se niega a que la llama

de tu amor se haga unión, ventura y risa,

sólo un ser con tu fiel sacerdotisa,

si tu cuerpo deleite y pasión clama,


dale gusto al placer que te reclama,

infeliz Melanipo. Corre aprisa

y hazla tuya en el templo de Artemisa,

que tu amada Cometo también te ama.


No te importe saber las consecuencias

que esa profanación puedan traerte

y piensa que la dicha, en sus esencias,


a veces suele ser la mejor suerte,

aunque te hablen las negras sugerencias

de una pronta, viril y dulce muerte.








XXXIV. JÚPITER Y PROSERPINA.


Yo, Júpiter, el hijo poderoso

que Rea diera al orbe para inquina

de Cronos, le robé a la venusina

deidad el elixir maravilloso


de Amor y en el Averno tenebroso

-el rostro de Hades que, al mirar, fulmina-

penetré, haciendo mía a Proserpina

y dándole mi cuerpo, generoso.


No pudieron conmigo ni la saña

ni el rencor, ni el furor siempre infinito

de mi hermano, el vesánico Plutón.


Testigo fue el Infierno de mi hazaña,

escenario, el fantástico Cocito

y Melinoe el fruto de mi acción.






























XXXV. PERSEO Y ANDRÓMEDA.


Líbrala tú de su dolor, Perseo.

Fue Casiopea la que dijo un día

que no en el ancho mar nereida había

más hermosa que la hija de Cefeo.


Mata al monstruo y entrega tu trofeo

como ofrenda al señor de Etiopía,

que él te dará la mano, sin porfía,

de Andrómeda a despecho de Fineo.


No temas de los dioses mal alguno.

Si ella te ama su amor será tu palma,

su cuerpo abandonado tu calor.


Serenará su cólera Neptuno

y ordenará a la mar que se haga calma.

Castigos e iras apacigua Amor.






XXXVI. HÉRCULES Y HEBE.


No en la argucia letal de Deyanira

le hizo perder la vida Neso, aleve,

en hechos larga y en amores breve,

ni las llamas del Eta eran su pira.


Otra suerte para Hércules la lira

de Apolo le auguró con su son leve

y en el dorado Olimpo la linda Hebe,

mientras le espera, sufre, ama y suspira.


En carro de oro que la luz riela,

mirada fría que miradas hiela,

llegó hasta el cielo el inmortal varón


y entre las redes de su amor prendido,

¡oh, siempre poderoso, gran Cupido!,

cambió fiereza y brío en corazón.



XXXVII. CÉFALO Y PROCRIS


Bosques, selvas de Céfalo, recreos

que fuisteis del hermoso cazador:

decidle si de Procris el calor

guardáis aún de sus lánguidos paseos.


Curadle, Dríadas, sus devaneos;

Oréadas, calmadle su dolor...

que pertenece a su mujer su amor,

nunca logrado por la bella Eos.


La culpa fue de Lélapos que, otrora,

uniera dos cariños, desgarrados

por el ardid de la raptora Aurora.


Pieza husmeada entre la fresca hierba,

voz baladí de celos infundados,

le dio la muerte, ¡oh, confusión acerba!





XXXVIII. EDIPO Y YOCASTA.


No basta que huyas a la Tebas vasta

de tu destino, Edipo. Eres vasallo

del sino que te envía el dios del rayo.

Que hagas opción de no matar no basta.


Unida está tu vida a la nefasta

ventura, como al suelo lo está el tallo:

Insultarás y matarás a Layo

y aceptarás la mano de Yocasta.


Amor que mata dichas, dichas finge,

mas no fue fingimiento la pasión

que te inspiró tu madre. Azar funesto.


No tu infortunio achaques a la Esfinge.

El mundo sabe que tus hijos son,

no fruto de Eurigania, de un incesto.



XXXIX. ZEUS Y LEDA.


Que lloró a Dafne en tus orillas Febo,

que fueron tus espejos, Eurotas,

morada de las Náyades ignotas,

cota de Diana y atrayente cebo


que le tendieron al audaz mancebo

las súplicas de Helena, entre las notas

cansadas de tu voz, leyendas rotas

serán ante tu tema eterno y nuevo.


Tu nívea cantilena de cristales,

nacida en la diáfana Laconia,

con rimas de Museo, sensuales,


dirá al Olimpo de algodón y seda

la historia de un amor que testimonia

la pasión de dos cisnes: Zeus y Leda.




XL. CÁSTOR E HILAIRA.


Nunca creíste, morador alterno

de Infiernos y de Olimpo, que pudiera

turbar así tu próvida carrera

amor más grande que tu amor fraterno.


Otro afecto nació, Cástor, más tierno,

en tu pecho: el de Hilaira, alma sincera;

el mismo que Febea interpusiera

en su cariño a Pólux, sempiterno.


De los Bebrices en las tierras áridas,

robadas del poder de los Afáridas,

fueron esposas vuestras las Leucípidas.


Tu muerte a causa de Idas y Linceo

no te privó del eternal deseo,

sí de las penas del mortal, insípidas.



XLI. MERCURIO Y HERSE


Lágrima y perla en el albor nacida

de la alborada de matices rojos,

de Helios en el crisol hecha sonrojos

y a su calor en nube derretida.


Erubescente virgen poseída

por el fulgor quemante de unos ojos,

abandonada en ellos, sin enojos...

Eso eres Herse: brevedad y vida.


Déjate amar por el pelígero Hermes,

que ante su bravo y varonil vigor

tus fuerzas todas quedarán inermes.


Y aunque interponga en tu pasión Aglaura

-después estatua de maldad- su amor,

Mercurio te hablará, su voz el aura.



























XLII. EURÍDICE Y ORFEO.


Arpegios de tu lira, cristalinos,

suspiros de arroyuelo, ayes de viento,

que hoy narran tu desdicha en un lamento

y ayer cantaron asombrosos himnos.


Que vaguen en sus cuerdas, peregrinos,

tu pena, tu ilusión, tu pensamiento;

que escuchen tu nostálgico concento

Eurídice y los dioses viperinos...


Así sabrán que si tu esposa, ausente,

huyendo a la lascivia de Aristeo,

cayó en la red letal de la serpiente,


del Érebo robarla fue el deseo

de tu arduo amor. Tu voz así lo cuente

cuando tu lira hable a Plutón, Orfeo.







XLIII. ÍO Y JÚPITER


Viajera sin reposo, hija del Río,

huyendo, no del tábano importuno,

sí de los celos de la diosa Juno,

el orbe recorrió la infeliz Ío.


Dejarse amar fue su delito impío,

abandonarse sin reproche alguno

-ingenuo corzo de placer ayuno-

a la pasión del dios, poder y brío.


Y la maldad de la arrogante Hera

siguió temiendo la sacerdotisa,

mujer primero y al final ternera.


En Etiopía la caricia amante

del soberano Júpiter tonante,

le volvió, con su forma, su sonrisa.




XLIV. HIPÓMENES Y ATALANTA


Abandonada por tu padre un día

-osa por aya que al pavor espanta

y por hogar los bosques, Atalanta-

el amor desdeñarte no podía.


Y llegó con la brava cacería

de Calidón, en el obsequio -¡cuánta

ventura!- de Meleagro. Pero tanta

dicha se fue como venido había.


Encontrada por Yasos, otra faz

te presentó en Hipómenes Cupido,

vencida, no por él, por el sagaz


arte de Venus. Y sus tentaciones

hicieron mella en tí y en tu marido,

convertidos por Ceres en leones.



XLV. CERES Y DEIFÓN.


Mujer, no supo contener su anhelo,

nacido tierno de su corazón;

diosa, no pudo su voraz pasión,

presta, apagar en frialdad de hielo.


Un hijo del pudor -hábil señuelo

de Venus- embriagó, asaz, su razón,

que, si Ceres amó mucho a Deifón

más le lloró, ceniza, en su desvelo.


Ella quiso que la inmortal aureola

la sien ciñese de su dulce amado

y su pureza al fuego sometiola.


Mas al grito materno, que aún el éter

repite, le ofreció su hijo, quemado,

turbados los misterios de Deméter.






XLVI. JASÓN E HIPSIPILA


La proa de Argos en el mar se afila

a vuestra isla sin hombres, sin amores...

¡Oh, lemnianas!, cambiad vuestros hedores

por los frescos perfumes de la lila!


Daos, gozosas, a Amor que se perfila

en sus hombres sin risas, sin favores,

que Afrodita os dará vuestros primores.

¡Daos todas! ¡Entrégate, Hipsipila!


Dos años son muy largos sin querer

y entre los brazos de Jasón, delicia.

Que tus carnes conozcan el placer


y tu cuerpo conozca la caricia...

Ya un día llegarás a conocer

la saña piratesca y la impudicia.



XLVII. POSEIDÓN E HIPÓTOA.


Mientras la tarde teje, en un derroche

de matices, lucífuga amalgama,

y huye Helios al cenit, sobre la llama

que orló de luz al día, y áureo broche


de lo real le da paso a la noche,

desde el confín a Poseidón reclama

la voz de Hipótoa, que, tierna, le ama,

ronco susurro el mar en su reproche.


Allí donde, raptada, fue su amante,

donde, quizás, su anónimo epitafio

recuerde al hombre su pasión gigante,


allí donde su gozo se hizo Tafio,

sobre la playa, su dolor purgante,

perenne, implorará al silencio zafio.

























XLVIII. HERO Y LEANDRO


Hero: Sé tú la dominante estrella

que, rielando en el mar, alumbre Abidos,

en la noche sin luna y sin ruïdos,

mas, porque impera Amor, más grata y bella.


Sé tú la antorcha, luminosa huella

que guíe a Leandro hasta tus brazos, nidos

del fiel cariño en el que os veis unidos

y al que el furor paterno no hará mella.


Y si una noche la tormenta apaga

tu luz y al día los amados restos

te entrega, de su audacia, el Helesponto,


arrójate a sus aguas, donde él vaga,

desde tu torre de ilusión en Sestos,

para borrar penas y amores pronto.







XLIX. NISIA Y GIGES.


Aquel pastor de la excitante Lidia,

de amores y de penas errabundo,

que del caballo en su interior profundo,

broncíneo, halló su historia y su perfidia,


Y Nisia, tu mujer, Candaulo, envidia,

por su hermosura, del lascivo mundo,,

mostrando su desnudo pudibundo

a Giges, te perdieron con su insidia..


Amor, perversidad y confianza,

extraña y sensitiva mezcolanza

que elaboró la mano de Cupido.


Y ante la oferta de perder la vidaa

o poseer tu trono, fementido,

prefirió darte muerte el regicida.






L. IFIS Y YANTE.


Allá donde castiga el mar a Creta

juróle a Poseidón que ofrendaría

su primer hijo, si mujer nacía,

a su furia de víctimas repleta.


Pero el Amor, con alma de poeta

ingenuo, al castigar su altanería

donó a Ifis galana mancebía

con que dar fe a su loca jugarreta.


¡Oh, ruegos sin cesar de Teletusa,

hechizos y embelecos de Cupido,

ciencia y bondad de Júpiter, profusa,


que hicisteis de ella un cónyuge arrogante

para afrentar el deshonor de Ligdo

y complacer el parco amor de Yante!






































































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