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¿Respira, quién en el umbral?



Hernán Zamora







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Copyright Hernán Zamora, 2017

Smashwords Edition



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Relato del monstruo a Víctor Frankestein:



«Me di cuenta que aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y sentimientos por medio de sonidos articulados. Observé que las palabras que utilizaban producían en los rostros de los oyentes alegría o dolor, sonrisas o tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana y deseaba familiarizarme con ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos. Hablaban con rapidez, y las palabras que decían, al no tener relación aparente con los objetos tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado. Sin embargo, a base de grandes esfuerzos, y cuando ya había pasado en mi cobertizo varias lunas, aprendí el nombre de algunos objetos más familiares: fuego, leche, pan y leña. También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su hermano tenían varios nombres, pero el anciano solo tenía uno, padre. A la muchacha la llamaban hermana o Ágata y al joven Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que sentí cuando comprendí las ideas correspondientes a estos sonidos y pude pronunciarlos. Distinguía otras palabras, que ni entendía ni podía emplear, tales como bueno, querido, triste





Tomado del capítulo 4 del Volumen II, de: Shelley, Mary W. (1818) Frankestein o El moderno Prometeo. Madrid : Cátedra, 1999, p. 230 Isabel Burdiel (ed.) y María Engracia Pujals (trad.).



Imagen precedente: fotograma de la película Frankestein de Mary Shelley (Mary Shelley’s Frankestein), dirigida por Kenneth Branagh, 1994. En la imagen, a la derecha, Robert De Niro (como el monstruo) y, a la izquierda, Richard Breiers (el abuelo ciego). Tomada de IMDB, © TriStar Pictures.



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Soy somos

En esta casa habitan dos seres cuyos rostros nadie ve, pero todos los mortales imaginan. Dos seres habitados por sombras, por voces; sombras de voces; voces de sombras. Dos seres infinitos, como infinitos son los seres divididos en dos.

Cada uno de ellos quiere conquistar el umbral; recibir la mirada extraña que lo alumbre; ser atrapado en la delgada red de una palabra; abandonado en un silencio. Ungido, convertido en texto o instrumento, cada uno sueña ser soñado; cada uno anhela caminar descalzo sobre una tierra húmeda de promesas y deseos, empedrada de artificios y fracasos.

Por ello, decir adentro es decir oscuridad; decir pienso es decir luchan los habitantes de la casa; decir siento es aceptar la conquista de uno de los infinitos seres que le poseen. Mirarlo es mirarse; comprenderse en el profundo espacio de un espejo. Pero no hay contemplación posible. Muy pronto otro ser derribará al primero, se muestra, otro a este, un cuarto a ese. Algunos más fuertes, más perseverantes o, probablemente, gemelos, aparecen con cierta frecuencia –la necesaria para crear la ilusión de ser un yo.

Así, incesantemente, uno a uno, se presentan, ululan, callan. Intentan.

En el transcurso de esa discordia, vivimos.





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Discurso mordaz

Punto a punto se cosen los labios. Sin voz (con voz). Sin sangre (con sangre). Cerrados permanecen los ojos. Vacías las cavidades. Colmillos de elefantes evocan la luna del alfil: dagas en el vientre de Babel. Caen (no caen). Se desploman sobre el tablero donde se mueven los hombres sin labios (sus labios). Crecen las grietas (no son grietas). Un rayo negro se hinca sobre el horizonte hasta quebrarlo (lo quiebra).

Muertos, esos hombres sin labios continúan orbitando su nada (la nuestra) perfecta.





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Paciente silencio

Noche tras noche Telémaco, con ojos de vidrio, contempla. Su cuerpo es cuerda de arco en el justo instante que precede al lanzamiento. La ventana cerrada es celestina. La ventana cerrada es una pregunta de piedra, lanzada al centro de un lago rojo oculto en aquel pecho. Sobre orillas cubiertas de hojas putrefactas, gusanos devoran y devuelven tierra a tierra. La ventana cerrada es una verdad urdida entre sombras, para sobrevivir al simulacro que el sol, obstinadamente, convoca.

Noche tras noche, al borde de siempre, con olor a océano, Telémaco espera: solo recibe el abrazo del viento confundido con el eco de nadie en la voz de un cíclope agonizante.





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Autorretrato

Otra noche (en esta noche). De nuevo otra noche (en esta noche). Otra vez el mortal rito de quitarse la máscara frente al espejo (ante sí).

La máscara (nuestra máscara). Superficie irregular, mórbida a la vista (a tu vista); de acero y fuego en su cara oculta (de madera el alma).

Otra vez la aparta y se somete a convulsiones nauseabundas. Otra vez su horror (nuestro horror). Su lento y asombrado contemplar zarpazos de ira y odio, llagas infectadas, deformación.

Recuerda bien (recuerdo): el párpado caído del primer nunca más; los queloides de aquel hasta pronto; las erupciones purulentas de una mentira que aún le habita (no soy una mentira).

Otra vez intenta dormir (duerme). Otra vez intenta respirar la asfixiante insistencia de poseer un sueño redentor (irredento).

Una vez más, se despoja de la máscara de no tener máscara y se encuentra, frente a frente (conmigo) con la verdad del miedo.





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Si al cielo, Quirón, pudiese

Ora y se maldice (me bendice), muerde lentamente su memoria y esperanza (lo que de él queda).

Ora en labios de quien surge de la caverna (óyeme). Su voz toma ese cuerpo de sal que se fractura. Canta (canto). Crea un mar que oculta un sol hundido. Y en el silencio final, Quirón (Quirón), en la voz que ya no es, Quirón (quién), escucha maldecir lo que en verdad es: saeta de aire que rasga el aire hasta clavarse en el oscuro blanco centro de sí.

Ora Quirón mientras maldice (te bendice). Así cura y sufre el abrazo de rocas y la sibilina mirada de sus constelaciones (nuestras).





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Poética de uno de los monstruos

Hechura de miedo y fe. Trozos de nada recogidos entre los vericuetos de un yo (otro). Venidero (venido). Presagio de quien no ha rodado tanto como la tierra ha visto caer el sol (tu sol).

Dice soy (miente). Se sabe precariedad, profecía, catafalco de lo que nunca habrá de ser visto (lo veo). Vacío entre dos signos de interrogación: grito y aliento (tu grito y su aliento).

Nombre que ha de ser erosionado por los designios de un mar sigiloso (y despiadado).





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Sabiduría de sagitario

Halló en la noche una rutilante esfera de oro. Su brillo le hirió (le dejó sin dudas): de ella debía emanar toda luz. Por un instante, el resplandor amainó y pudo verla (casi) sin dolor. Trató de tocar esa irresistible esfera, pero se desvanecía. Comprendió el nombre: dentro de ella todo (¿o nada?). El deseo de Quirón exigía fracturarla (sintió miedo). Presintió una eternidad (un instante). Contempló (antes y después) su ahora. Sanó el viejo centauro (dudó): ¿cómo se mira lo oculto en lo real? La luz retornó (le hirió de nuevo).

A ratos se distrae (cree olvidar) pero cualquier mínimo destello le recuerda (aviva su presencia). El dolor permanece intacto.

La verdad le alcanzará en su agonía (solo vio la esfera cuando cerró sus ojos).





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El otro

Hecho de hermosos restos, se acercó. Pidió un trozo de sombra. Quien allí permanecía sacó una daga que halló la noche en que descendió a sus cavernas. No pronunció palabra alguna. Rasgó transversalmente y tomó el trozo superior; así, aquél podría llevarse lo mejor. Le miró a los ojos, sus acuosos y amarillentos ojos, mientras acercó hacia él lo que le había pedido. El otro, hecho de hermosos restos, agradeció con una mueca. Tomó en el cuenco de su inmensa mano lo que se le ofrecía y lentamente bebió. Luego, preguntó por Él. Este le dijo que no estaba, pero que pronto volvería. Entonces el otro, hecho de hermosos restos, miró fijamente hacia el horizonte. Se volvió después y dijo: dile que lo busco, que deseo hablarle; dile que trasiego todos los caminos, recogiendo trozos de lo que ha creado para tratar de completarme. Este le dijo que no entendía, le sugirió esperar. El otro, calló, miró hacia nunca. Reinició su andar. Mientras se alejaba se le escuchó decir: dile que lo busco; que, como tú, anhelo ser su semejanza, su espejo, el eco de su voz... dile que me nombre.





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Buitre mediático

A ras del albor matutino desaparece el dolor por un instante. En el cristalino de sus ojos, la ciudad.

Confinado a las alturas observa en la metrópolis restos de su arrogancia; de su mano, furias y alegrías; de su memoria, el caos de los protocielos. Ahí están las trazas incandescentes con las que talló la tierra; allá brotes de logos, rastrojos de un cosmos. Para cada dimensión quiso una medida; para cada hombre intentó un suelo. En soberbios muros escriben su nombre con las semillas de sol que él les ofrendó, aun previendo la cólera del inmortal.

Pero un dolor acecha desde el éter: las voces urbanas se avienen insaciables sobre sus vísceras.

Cada mañana, rapaz, informática, la realidad retorna.





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Dédalo no ha muerto

Aún su frente suda sangre. Aún sus puños agarran el aire. Una daga se hinca en su conciencia desde el vórtice de aquel amado cuerpo.

(Todo futuro es pasado en el corazón humano).

Pluma a pluma, emplasto tras emplasto; con urdimbre de ramas secas entrampó el artesano su espíritu. No escuchó los gritos de su miedo.

(Todo pasado es futuro en el corazón humano).

Despierta aún extraviado en su muerte. Tránsfuga del mundo, se cubre hoy con blancos y engañosos atavíos. Noctívago habitante de futuros (hechos de perfectos artefactos transiderales, incandescentes ingenios de fuego, mapas invisibles) insiste en vano.

Presente (el corazón urbano) (deshaciéndose) se hará. Percibirá el sulfuroso hedor de nuevas sombras y, a llantos, despertará, una y otra y otra vez, mirando a Ícaro caer.





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El hilo negro de tu verdad y su dueño

Si las fortalezas caen entre tus dientes a quién importará. (¿Quién habrá de mirar con lentitud el hilo negro que se desprende desde tu boca?)

Tu verdad es solo un hueco por el cual caes misérrimo y adulante, hasta creer que estás en ninguna parte y entonces, con el hilo negro de la verdad que se deshace desde tu lengua, se abre de nuevo un hueco dentro del hueco para continuar cayendo, ahuecado, sin tuétanos, en él; en su baba verde, en sus ojos aguijoneantes, en las llagas de su piel fétida. Te hallas, sorpresivamente, reflejado en su sonrisa y solo entonces alcanzas a comprender que eres el umbral de una fortaleza impugnada por el mórbido aliento de su presencia. El hilo negro de tu ácida saliva te envuelve, se apodera plenamente de tu cuerpo y se hace costra. Así nombras la vida, la invocas, noche a noche, con la insignificante esperanza de quebrar la celda que te detiene, que te centra, para siempre, en el abismo de tus propias fauces.

Fracturar la negra costra con el nombre, el único nombre que salva. Ese nombre de aire que no tiene lugar alguno en este mundo, pero que habita latido a latido desde todas las voces.

Fracturar las fortalezas erigidas entredientes con la palabra viva de incertidumbre y sangre, la palabra de agua, la que no puede ser. La palabra que sobrevive a la noche, esa que te invade cuando logras mirar el cenit de unos ojos que te encuentran, agrietado de dolor, cada mañana.





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No nos mires ciudad

Malignas sombras habitan las esferas de tus ojos y un aire viscoso las sostiene. Tu cuerpo es un erial de llagas purulentas, tasajeadas por cismáticas voces.

Esta noche te restregarás en la ira; nada quedará salvo; nada, impecable. Hundirás nuestras cabezas en los miasmas de nuestra existencia y cuando casi desfallezcamos, volverás a enfrentarnos al deseo de morir.

Porque tú, ciudad, esta noche eres solo eso: muerte y deseo; ansiedad y bala, golpe y grito. Llorar de siempre, llorar de nunca. En ti, pensamiento y miedo se descubren lascivos en ojos que se cruzan heridos de ya, de hasta aquí, de no pasarán.

Porque tú, ciudad, eres una sedicente ramera que yace con sangre entre sus piernas. La sangre negra del que a medianoche te escuchó cantar y creyó.

No nos mires ciudad (no nos mires). No sabemos cómo resistirte.





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El monstruo y la luna

Se enardece al contemplar la piel de la joven.

Al percibir el olor de sus carnes quiere acercarse para seguir el rastro de sus pliegues, recorrer los contornos de esa inexplorada geografía con la punta de su lengua. Quiere, por puro instinto, marcarla territorio con sudor y aliento, conquista y dominio, sangre y voz. Quiere, arrodillado, hincar su espada en esa tierra de mayo, invocando a los dioses, para nombrarla ciudad. Semilla de ciudad.

Se sabe vil al mirar con oscuridad, una y otra vez, el delicado baile de los pequeños senos velados; al desear que toda dulzura quede destruida por el temblor de mortíferas palabras que quisiera pronunciar al borde de esos delicados abismos.

Su deseo es nocturno, por eso la tenue sonrisa de luna joven, de luna tímida, le hiere; desata en él todas las furias, las titánicas fuerzas que devastan territorios, familias, urbes.

El deseo del monstruo es vivir esa muerte. La cíclica y atávica muerte de quien enfrenta la belleza cara a cara.





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Voces en la casa

Soñó de nuevo: la voz de la mujer (las mujeres) le alcanzaba. Estremecido, se dejaba tocar por ella (por ellas) (por ella). Era una voz inaudible pero nítida, lejana pero ardiente, sensual pero incorpórea. Era ella (ellas) (ella).

Decir y decir sin romper. Sangra el aire palabras hasta caer como rocas sobre un delgado cristal. Escuchar lo sin decir cuando sido ha, lo decible siendo al volver. La voz de las mujeres abrasa (abrasan) (abraza).

Habían iniciado el incendio en los dormitorios de la casa. Él miraba aterrado el ir y venir de esos acuosos cuerpos avivándole fuego con el simple roce de su cercanía, con la llaga de sus imágenes en el umbral de su iris, con la danza y silueta de sus sombras sobre el patio de su pecho. Ella (ellas) (ella) se acercaba siempre sin defensas, sin un rastro de tierra cubriéndole el rostro, con sus labios desnudos, con el precipicio adivinado de sus hombros descubiertos. Ellas (ella) (ellas) se fundían en una sustancia ígnea; le ajaban el cuerpo, ese territorio suyo desolado por lava y miedo, esa nada contenida en un saco dérmico de seis milímetros de espesor.

Eso era el monstruo dormido: arcaico presagio de nadie tras la máscara de una oscura voz que se pregunta quién soy (quién eres) (quiénes somos), cuando la filosa presencia de otra voz le ordena: despierta (despierto) (despierta), mírame (te miro) (me miras); todo ha terminado (ha terminado) (terminado).





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En torno a su mesa

Uno frente al otro (lo miro) (me mira) se calculan. Uno arroja la primera palabra, densa, oscura, hecha de aristas filosas e infestas. Esa palabra se estrella contra el otro ya malogrado rostro; pero no hay dolor, solo ira. El herido responde con una nueva palabra, hecha de heces. Y recarga su ataque con otra, pétrea, más afilada, más infesta, portadora de todo su odio.

Siameses de mal decir son (¿vivo?) (¿vives?). Una mesa los separa (los une).

Se acerca a ellos alguien que ha cerrado sus ojos; no percibe la continua excrecencia de sangraza y pus. Solo escucha dos voces que se hieren.

Ante el canto de la mesa que los une (los separa), abre sus brazos en silencio; las palmas de sus manos hacia el cielo. Comienza a llover plumas blancas. Dibujando delicadas hélices, descienden lentamente, muy lentamente, ante aquellos, hasta posarse, verticales, entre las grietas de las rocas.

Por un instante, los enfrentados callan; elevan la mirada. En ese trance toca sus rostros un haz de sol, siempre adentrado en ese avernáculo. Por vez primera sintiéronse heridos. Bajaron sus miradas. Enceguecidos por el fulgor de las plumas, aullaron al unísono y provino de ellos una tempestad lítica.

Arrasado en muralla informe, todo fue.

Solo una de las manos del intercesor asomaba aún sobre el tope y en su dorso yace, trémula, umbría, la única pluma por nadie presenciada.





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Casa de asteriones

Las puertas de este lugar son infinitas, pero casi ninguna se abre. Muchas hay de brazos alzados al cielo, con garras en sus manos. Otras se ofrecen como escaleras, pero poseen un fuego invisible serpenteando en su silueta. Algunas son transparentes, permiten ver lo jamás alcanzable; la mayoría tiene apenas un agujero por donde siempre se asoma un ojo absoluto. Son infinitas, pero casi ninguna se abre.

No podemos recordar cómo llegamos aquí. Ya no importa. Es menester dedicarnos a recorrer los senderos de este, nuestro hogar. Umbríos senderos que se bifurcan, una y otra vez, una y otra vez. Cada uno termina invariablemente en una puerta. Casi ninguna se abre. Cuando hemos logrado traspasar alguna, encontramos nuevos senderos ramificándose hacia dentro, entregándonos íngrimos a otra puerta, maciza y hosca; tampoco se abre.

Por eso nos dedicamos a caminar y respirar. Solo así, también nosotros, somos infinitos. A ratos, jugamos a embestirnos: amagos rojos nos excitan hasta casi enfurecernos. Siempre hallamos un rincón umbroso donde descansar y beber de nuestros cuerpos.

No estamos solos: esta casa está habitada también por bestias y espectros. Las bestias rugen y su áspero aliento nos ahoga; compartimos con ellas nuestros senderos; casi siempre las esquivamos, a veces nos arrollan. Los espectros son numerosos, siempre nos rodean; habitamos entre ellos. En ocasiones, algunos han dejado espirales blancas; nos crujen las entrañas cuando regresamos.

En la noche más pronunciada, inermes, recibimos a siete mujeres y a siete hombres. A ellas intentamos destruirlas con olvido. A ellos, con mucho esfuerzo, nuestro miedo aterra. Pero no se rinden. Algunos de los nuestros relatan haber logrado pararse al borde de las únicas puertas abiertas de par en par, desde donde se ve un campo cruzado por un sendero bordeado con dos hileras de haces doradas, reflejadas sobre un suelo azul. Desde ahí vienen, dicen. Luchamos. No queremos sus voces domesticadas con nuestra imposibilidad. De sus esqueletos edificamos nuestra casa. Cuando exhalan, al morir, una palabra breve y liviana se nos disuelve en la memoria. Nunca logramos aprehenderla.

Tal vez, nadie sea digno para entrar en nuestra casa, pero esa palabra (suya) quizás bastaría para salvarnos.





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Creador de golems

Llega impecable a la cátedra. Despliega con parsimonia su voz de siglos. Traza el mundo con polvorientas líneas blancas sobre una verde imaginación de un metro de alto por dos de largo. Su espalda encorvada refleja la muralla jamás levantada sobre sus hombros, hecha con invisibles ladrillos recogidos en el camino. Monologa (se pregunta). Monologa.

Mira el reloj, invariablemente colocado en la esquina sureste de su mesa. Sus manos, canas, se pierden por el polvo del mundo construido y la ausencia de sangre al elevarlas, en su intento por revivir el misterio de la creación. Creyéndose iluminado, se detiene un instante a descansar y su mirada se orienta de nuevo al sureste, buscando ese otro horizonte nunca alcanzado, nunca alcanzable.

Habitante de la caverna, aún no ha salido de ella (pero no lo sabe). Se convence de haberlo conseguido al sufrir el infinito resplandor de lo exterior (apenas un blancor). Olvidó los destellos del profundo adentro de donde provino. Confunde las voces de sus fantasmas con las de otros, pero no escucha.

Una puerta se cierra (le distrae). Vuelve su mirada (recupera su verdadera perspectiva). Por un instante logra contemplar los (inasistentes) rostros de su inexistencia.





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Saturno llora a su primogénito

Serpientes de inoxidable piel recorren las vísceras de la ciudad, en un perenne intento por alcanzar y morder cada una la cola de la otra. De naciente a poniente se detienen rítmicamente a respirar: inhalan y exhalan seres de opuesto signo que también se persiguen en la penumbra. De ese humus circular proviene el sol, la estrella de David, la palabra bendita que camina, en su tercer aliento, tomada de la mano del nombre que le trasegó su terredad.

Ese nombre hecho de sables, incapaz de soportar cerca de sí tanto brillo, suelta sin querer la mano ingenua y permanece impávido al ver que un tridente de acero, de la boca de una de las serpientes, atrapa el rostro mortal del sol.

Una voz le grita desde la profunda caverna de su ser: ¡Cuida a tu hijo! Pero para Saturno siempre es pasado. Las manos inciertas del monstruo no lograrán contener el río púrpura que le quema y pudre ojos, labios, verbo.





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Sed del vampiro

Ya no hay fracaso, hemos perdido toda consecuencia. Ruidos nocturnos ocupan el habitáculo de incesantes pensamientos estrellados contra los bordes de un cuerpo encorvado e insomne. Ninguna voz proviene, ninguna voz alcanza, ninguna voz salva. Ya nada es posible. Habremos de esperar hilos de sangre drenando hacia el Bósforo, diluyéndose para siempre en sus oscuras, sus indetenibles aguas de bestia antigua; en el derrotero de su cuerpo fantasma, surcado por nadie hacia ningún lugar; en la ilusión de quienes, desde un pequeño trozo de orilla, confunden lo pétreo con el lomo de una prodigiosa verdad. Nada es posible, hemos perdido toda consecuencia. Ninguna gramática nos define, ningún duende se asoma entre los contornos agonizantes de nuestras malhadadas palabras. Tan solo millares de delgadísimos hilos rojos tiñendo de pavor las aguas, envenenando de más nunca cualquier sorbo de tal vez.

El monstruo alcanza su trozo de orilla y se inclina sediento, quiere sobrevivir. Sus manos en cuenco se hunden como piedras en las aguas. Sobre esa trémula superficie roja, por primera y última vez, logra mirarse directamente a los ojos.





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El cautivo

El silencio empuja la mirada a través de los barrotes, afuera, donde todo habrá de ocurrir: el trashumar de seres entre orillas que solo se alcanzarán en el infinito; la sedimentación de una luz que alguien creerá recibir en forma de garúa y su aliento, cercano e imposible, palpitará entre las grietas del nombre que siembra en él precarios brotes de futuro.

El que habita sabe qué espera: quiere tempestades y acantilados. Quiere osamentas. Quiere siemprevivas.

Recibirá la quietud (esa necesidad de no existir) adentro.





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Poética de Orfeo abandonado

Con una palabra se inicia nada (o, tal vez, todo). Morderse los dedos mientras se contempla, a través de la ventana, el vuelo de unos zamuros sobre la ciudad.

Querer observar lo negro sobre un cielo despejado es una manía, una ilusión de la conciencia, pura genética de Saturno. (Eso dicen quienes creen sobrevivir a la asfixia del decir). Ojalá no sea un papel, un amaneramiento de la mirada. ¿Cómo saberlo? ¿Quién le refleja invirtiendo el sino? ¿En qué momento lo patético es un fracaso y no una fatal respiración?

Aquí no hay metáfora, solo hueso. Pero es cierto, conviene sospechar de quien no se ríe, de quien no siente temor y por ello no recurre a esconderse detrás de la férrea barrera de una sonrisa, alguna carcajada. Nadie está aquí, ningún nombre se hace presente en este trasiego, este inútil desvarío de un habitual insomnio. Tampoco se ha borrado nada, pero se ha ordenado escrupulosamente lo que las vísceras han depuesto. No hay recepción posible, solo abandono.

Mientras se camina por el malogrado bulevar, hacinado de vendedores de baratijas y mentiras, beber de un trago el último sorbo de agua que solo esperaba el fondo para ser sacrificada en la sed. Detenerse. Contemplar el vaso vacío y dejarlo caer fuera del cesto de basura, luego de haber mordido sus bordes murmurando esa palabra que en la advertida ausencia entrega nuestros recuerdos al amparo de un dios adicto a vivir.





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(Habla el monstruo)

(Temo al hombre que me habita, que noche a noche recorre mis cavernas buscando la imposible salida.

Hecho de miserias y esperanzas, no le alcanzan todas las letras de su nombre para acercarse a nadie, para tocar a nadie, para volverse, felizmente, nadie. Porque un día encontró los iris olvidados, los que se reflejaban en lo profundo de mi mentira. Y creyó existir. Y dijo luz. Y esa voz tornada en grito aún aturde cuanto respiramos, sentimos, ensamblamos.

En medio de la noche siento la furia de sus nudillos contra mis paredes, los arañazos de su sombra en mi olvido, los mordiscos de su hambre por mi asfixia. Ansío su muerte o la mía (es la misma). Pero sé que los días son infinitos, como las puertas que permanecen cerradas entre las rendijas de mi insomne razón).





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Esto no es un texto

Son los restos de una asfixia. La eclosión de un pensamiento sobre un cuerpo que se mutila con cada mirada, con cada llaga abierta en un espejo. Es la declaración franca de la más completa inutilidad de un fuego de oropel, encendido cada vez que los demonios deciden abrasarse en las inasibles cavernas de lo íntimo. Nada de lo aquí escrito existe y, sin embargo, cómo existe en los pasos que recorren la ciudad, durante las primeras luces de la mañana de un lunes que se demora tras los párpados que buscan la verdadera imagen de la lluvia.

Esto no es un texto, es la voz de nadie deshaciéndose en (su) nada, la precisa nada que nos invoca.





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Cancerbero

Todo comenzó con una sincera preocupación por alcanzar plenitud de conciencia en cada una de sus palabras. A diario se esmeró en asir el núcleo, el asombro, luz y voz que las originó. Quitaba, inteligentemente, excesos informes, vanos, pobres y oscuros, producidos sobre ellas. Las lijaba con precisa voluntad para reducirles espesor, anular impertinentes sedimentos; pulirlas, convertirlas en perfecto espejo de cada cosa del mundo y de la abundancia del mundo en sí. Buscaba belleza en lo unívoco.

Casi sin darse cuenta, en la misma medida en que lograba su propósito, fue mutilando su capacidad de conversar. Perdió la posibilidad de comprender giros, hipérboles, elipsis, metáforas; detestaba la urdimbre de imágenes e ideas que procuraban representar simultáneamente todas las aristas de la realidad (para él) siempre mal interpretada, mal aprehendida. Interrumpía tenazmente a sus interlocutores exigiéndoles deslindar, corregir, definir. No lograba ser escuchado por quienes, cada vez más, le acusaban de rigidez, esquematismo y superficialidad. Pensó que el vocabulario que empleaba era misérrimo ante la voluptuosidad del mundo e ineficaz para salvar las contradicciones y reunir a las personas. Se empeñó aún más en su íntima misión. Una esfera irreductible, de perfecto acero, se formó en él.

Así llegó la furia. Un día comenzó a sentir cómo los pequeños vasos sanguíneos de sus ojos se hinchaban mientras dialogaba e intentaba convencer a otros de sus esmeros y aciertos. Mal lograba acercarlos por un instante a sus encandilantes, exactas, laminadas palabras. Intolerante al rechazo, al fracaso que significaba no poder conversar; ante la persistente advertencia sobre la inutilidad y equívoco de su empresa, el tono de la voz fue creciendo hasta el grito; luego, hasta el sin sentido de vocablos que sonaban guturales y, finalmente, a ruidos que no podían ser explicados sin referirse a iracundos y desesperados gruñidos de un ser en el que no podían distinguirse ojos de cabezas y en el que la boca era un amasijo de rabia y babas ácidas.

Nadie pudo comprender que esa era la imagen de su dolor.





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La pesadilla del arquitecto

Cómo podría imaginar que aquel cotidiano acto de enrollar unos planos, ese día fuese el último. La geometría que precisaba la mañana de un hotel, en cuyas habitaciones habría de ofrecerse cuerpos, ardores y susurros, se convertía en un cilindro de polvo, luego de numerosos días de insomnios y preguntas.

Uno tras otro, los lugares fueron perdiendo posibilidad, nitidez. Él, que caminó sin cansancio por invisibles suelos que se tornaban ágilmente en paredes, que vio vibrar la íntima luz de los techos a través de muros transparentes, se encontró de pronto en un laberinto herido por el sol; luego se descubrió caminando por un piso que se deshacía, piedra a piedra, hasta convertirse en un ondulante desierto de finísima arena que el viento desalojó noche tras noche para que, vencido, contemplara su cuerpo ingrávido sobre el absoluto vacío de su cráneo estéril; cementerio de nada inevocable, nada imaginable, nada, por fin, habitable.

A esa detención progresiva e inminente del asombro de lo invisible, siguió la del cuerpo: el entumecimiento de los pies continuó en el lento endurecimiento de los músculos de las piernas, convertido luego en una ascendente asfixia que tensó su abdomen, el pecho, el cuello, rigidizando con fuerza simétrica cada uno de los dedos de ambas manos, cada mano, antebrazo brazo, espalda y hombros hasta congelar, en un rictus de horror, su rostro; petrificado con los ojos abiertos; condenándolo a contemplar la realidad del ya, esa inmediatez pura, precisa, atemporal, del instante humano.

Roca erosionada, él se disipa en el vaho de un nombre (para siempre) impronunciable.





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La condena de Orfeo

Busca el umbral de una ventana; proviene de una casa antigua en la que es posible escuchar el viento que presagia tempestad, aun cuando cree ser sordo y su voz no alcanza el arcaico verde de la selva.

Pretende detenerse y contemplar la soledad de las palabras que caminan por la calle. Abre los postigos que le ocultan, extiende su mano izquierda, conserva húmedos sus labios. Ellas, a veces, voltean y le encuentran. Algunas se acercan dadivosas y fáciles, dejándole más sediento e insaciable. Otras, mortíferas, le muerden las yemas de los dedos y lamen la oscuridad de su sangre. A todas las mira pasar con ansiedad, buscando entre ellas la que le respire, la que le arroje de bruces a la alegría de saberse poseído por su cuerpo invisible, la que le elija para siempre y, para siempre, logre provocar en él la renuncia de escribirla.

Busca el umbral de una ventana desde donde la luz quiera habitar su casa.





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El mediocre

Mientras escuchaba la conversación de los doctos, él comenzó a sentir que se transmutaba en una masa amorfa y gelatinosa, sin ninguna otra propiedad vital que la de mecerse ocasionalmente sobre el eje de una precaria estructura de sal y carbono. Nadie parecía percatarse de lo que sucedía, pues continuaban hablando fluidamente, con un tono de voz que, sentía, se iba incrementado ligeramente con cada giro de las ideas, con cada nueva argumentación; en cada intercambio de rol entre parlantes y escuchas. Las frases, progresivamente, dejaron de ser una concatenada composición de palabras; las palabras dejaron de ser una convenida construcción de fonemas y, todos esos ruidos, se convirtieron en un espeso líquido que, con lentitud y amargura, calaba más y más en esa indescriptible cosa en la que se estaba convirtiendo.

Intentó detener lo que le sucedía: en vano se esforzó por producir un pensamiento que, por breve o pálido que fuera, le permitiese participar al emitir una simple opinión. Pero se encontró completamente mutilado de cualquier órgano que le permitiera lograrlo. No había nada en él que pudiese dar a quienes estaban allí reunidos. Con horror sintió cómo desaparecían, inclusive, sus recuerdos.

Justo antes del inminente estallido logró proferir un grito. Fue un ruido inhumano, ajeno, imposible de discernir su naturaleza: era un ruido que solo podría ser explicado como el de las vísceras de un organismo tectónico o la asfixiada respiración de una peligrosa tempestad.

Todos los presentes callaron. Unos miraron hacia el techo, otros hacia los umbrales de aquel sitio, los más cercanos a él se reclinaron con pereza en sus asientos. Nadie vio la taza que se fracturó.

Luego de un instante (que para él fue toda su vida y para ellos el suspiro de un anciano) retornó la bulliciosa algarabía del cafetín, el cielo continuó de un azul rabioso y las abejas persistían en su fragorosa búsqueda del azúcar que se queda, con descuido, en las húmedas orillas de los labios.





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Compañeros

Solo nos corresponde hacer una pregunta. Sin mayores luces, cantos ni aplausos. Tan solo una breve oración desasida de todo rostro; sin más aliento que el del cansancio de la tierra. Con una dulzura que nos marque antiguos signos detrás del esternón. Hoyada en el trozo de pan que nos han dado, garúa o neblina, hechura de valles púrpuras, cartografía de maltrechas miradas.

(Sí, una pregunta que sea casi un perdón; una voz enzarzada entre vacíos abrazos. Arena caída sobre el lugar de un nombre que, desde ayer, inició su andar hacia el último horizonte; cuando dijo adiós entre nosotros con un café (que no volveremos a compartir)).





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Arañas sobre un pozo rojo

No concuerda la delicada búsqueda de lo que nos sostiene con el veneno que fluye a borbotones por doquier. Alguien grita de nuevo en el otro extremo del túnel. Alguien ha gritado desde siempre pero nos negamos a escucharlo. (¿Lo oyes?) Solo remeda la insistencia. Apenas si logramos el verdadero cansancio de la luz dentro. Pero bien sabemos que todo es en vano: el miedo es el odio y el aire le da forma en nuestros cuerpos. Unidos por el puro deseo de bebernos hasta la lividez; hasta que no haya heridas porque ya no hay quién; hasta que la siniestra bota detenga su andar sobre el pozo rojo y en la suela se retuerza de dolor la última palabra que nos dimos al no besarnos jamás.





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Cotidiana dimensión

Un niño jugando con un perro es quizás el último destello de un día por bien terminar. Nada más. Nada menos. Atrás habrían de quedar rostros enroquecidos, el zarpazo de la cotidiana ingratitud mecida en brazos de quienes habrían de ser mañana, la amarga corteza de un fruto malhadado, la fe de merecer un justo cansancio. El niño y el cachorro, iluminados por la abúlica exactitud de un falso cielo de neón, dan saltos, vueltas, risas y ladridos, despreocupados ante quienes buscan el tren que los acerque al socorrido descanso de su estancia. Él los mira y sonríe.

Mas no ha terminado de existir en su árido rostro la sonrisa cuando, al borde de una escalera, dos extraños se inyectan burla y nada en las venas, frente al espejo de quienes ya no tienen cuerpo ni sangre ni alma para inyectarse ni un mísero grano de sal.

El monstruo los mira hasta que la señal anuncia el cierre de puertas y una bocanada de realidades le devuelve suelo y olvido.





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Caronte se acerca a Mnemósine

Quiere acariciar el rostro de mujer que desde una orilla del mundo pide ayuda para cruzar lo imposible; pero sus manos, tanto tiempo sumergidas en el Leteo, son incapaces de corresponder al vestigio de ser que despertaron esos ojos oscuros, esas antiguas piedras sin alegría. Él nada dice. Ella aborda y hacia los labios del centinela acerca un óbolo blanco que aquél recibe sin resistencia. Un ardor de daga y fuego le quiebra, le hace caer bruscamente sobre la cubierta de la barcaza, agitando el agua del Aqueronte hasta que unas gotas alcanzan su rostro de caverna. Vuelve Caronte al trigal, al sendero asoleado, a las voces que se abren entre la madreselva; vuelve a la mesa con naranjas recién cortadas, a las migas de pan sobre los platos, al último beso de la llama que alejaba su noche. Cae Caronte herido de vida sobre un campo de adormideras y escucha ladridos, gritos, un trueno. Despierta. La mujer roza sus labios con una espiga dorada. Llueve.





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El esposo

Despunta el sol. Vuelve a cruzar sobre su pecho las correas que le dieron. Monta sobre sus hombros el yugo unido por una cadena al cubo de plomo que debe arrastrar cuesta arriba. Mira hacia la cúspide. Siente el vértigo del ascenso; el dolor de desear que sea este el último día; el día en que no logre culminar. Emprende su labor. Inclina su cuerpo, afianza sus pies; con cada mano agarra los salientes que le permiten sostenerse, cuidarse de posibles caídas. Así, con la tracción de sus cuatro extremidades, sube, sube, resbala, se sostiene, reinicia, se arrastra, sube otro tramo, respira, inclina la cabeza, la alza, calcula cuánto le falta para llegar, cuánto del día le queda, sube, el cubo de plomo se traba, le impide, se regresa, lo levanta, lo deposita, reinicia, sube, se traba otra vez, hala con más fuerza, hala, lo intenta, le impide. De donde no tiene fuerzas surge el último halón; lo destraba; casi no puede respirar, el sudor de su frente chorrea dentro de sus ojos y se confunde, sal que hiere, sal de lágrima. Cuando está a punto de dejarse caer, llega el ocaso y él a la cumbre. Levanta su cabeza por última vez, yergue un poco su tronco a pesar del peso sobre sus hombros y siente de nuevo esa mirada. Es ella. Ahí está.

Los ojos de su esposa riegan universos; su sonrisa, pacífico horizonte; su voz, brisa marina sanando su cuerpo. Ella besa su frente y una luz le invade; siente al mundo flotar dentro de él. Besa sus labios y un campo de girasoles se extiende bajo un azul real; le acaricia y una luna llena se eleva sobre Corintio.

Pero todo sucede en un suspiro. Con el último destello del sol ella desaparece. Entonces el arnés se abre y el cubo de plomo resbala indetenible por la pendiente hasta que la gravedad lo deposita de nuevo en la llanura derruida.

Durante la noche, el esposo desciende lentamente, mientras sueña con esa mirada de mujer por la que sobrevive en su condena.





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Los ojos de Godzilla

Apareció en una isla del Pacífico. No en la del sol granate sobre un cielo de sal; tampoco en el país de la noche de sangre con estrellas incendiadas. Apareció en una isla que invocaba a los de su especie. Una isla de mil atardeceres en un día. Una diminuta isla sacudida por olas de odio, como una plataforma petrolera, íngrima en medio de la rabiosa tormenta.

Apareció de la nada. Esa nada que se reproduce entre los hombres que tragan sables y escupen dogmas. Sucedió el año en que un hombre imaginó dinosaurios radiactivos; el fatídico año en que en un castillo estallaban átomos que derrotaban a un dragón sin fortuna y un guerrillero se autoinvestía con sangre; el mismo paradójico año en que un hombre luchaba contra el poliovirus, un rey trazaba una espiral en acetato mientras pensaba That's All Right y una pintora exhalaba su último aliento sin saber que el marxismo no daría salud a ningún enfermo.

Llegó a la pequeña comarca al norte de la isla arrojando su aliento de lindano. Para aquellos pequeños habitantes parecía un gigante venido de cegadoras galaxias. Con su descomunal cola derribó casas, templos, fábricas; sus excrementos envenenaron la tierra, las aguas, el sol. Ninguna defensa pudo impedir que dejara aquel territorio convertido en un estercolero de ruinas, hambre y muertes.

Un viejo, rescatado del mar cuando agonizaba, relató lo sucedido. Pudo escapar de quienes se alimentaban del aliento de aquel monstruo y lo adoraban como un fervoroso salvador. Por eso se consagraron a realizar sacrificios en su nombre: a su paso continuaban la destructiva labor y marcaban su reino tallando en las ruinas los ojos de la bestia.

Las fuerzas salvadoras no lograron detectar aquella isla en el océano, luego de tres lustros de infructuosa búsqueda. En vano trataron de descifrar las coordenadas indicadas por el viejo náufrago. Unos abjuran de su existencia, pero el monstruo vive: cada noche, cuerpos de niños siguen siendo arrojados a las orillas de su mundo.





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Pegaso hiere

La mirada de aquella mujer petrificaba. Poseída de una furia salobre, su cabellera anunciaba un dolor cada mañana. Sobre la espalda tierna caía el vergajo una y otra vez.

Robustecido un día, el hijo supo que no debía mirar su reflejo en aquellas piedras. Se elevó. Huía. Cruzó el río. Alcanzó el capitel de una montaña.

Solo en ese lugar era posible columbrarse caballero. Pero su sangre reclamaba. Con la furia de un corcel espantado, coceaba en su hogar. Ráfagas de ira abrían pueriles carnes. Formó tres heridas, tres fuentes, tres destinos.

La menor y más brillante, corrió muy lejos, hasta afluir en humedales de una península bordada con naranjos. La más dulce parecía débil pero, como las mujeres de su estirpe, pacientemente erosionó promontorios y rezumó en un desierto hecho de sismos, donde se evapora durante las noches, mientras hombres de cobre zurcen la tierra. La fuente primogénita se destila espesa, lenta; cercana a su origen, arrastra rocas que sedimenta en el sitio de su Angostura.

El caballero partió hace lustros. Otro cielo le desvivía. Los relámpagos son vestigio de aquella furia de sus mañanas. Son heridas desde la que manan los tres ríos de su sangre.





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Quimera

El psiquiatra abre la puerta



Sonríe



Se siente bien



(Se siente

muy bien)



Se enrosca sobre el diván



Abre las piernas de la dormida

le toma una foto



Abre el álbum

pasa las páginas con profesional deleite

coloca la nueva foto en el vacío



Todos le sonríen

le admiran

lo eligen

le alaban

lo aplauden



El psiquiatra se siente bien



(Se siente

muy bien)



Cierra la puerta



(El monstruo se complace)



¿Podría haber presentido

(Vargas)

el sulfúreo

ígneo jadeo de la quimera

desgarrando sus entrañas?







(a Héctor Manrique)

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Sr. Jekyll

El hombre transita por la acera más soleada de la avenida. Todo pareciera estar dispuesto para que a su paso resplandezcan los rostros de quienes se mueven, pausadamente, en dirección hacia él. Se detiene ante una esplendorosa vitrina; se deja seducir por el rojo resplandor de su corbata; acaricia discretamente la solapa izquierda de su Armani; lleva su mano al bolsillo de su pantalón, sin prisa, sin aparente intención. No pareciese haber más nada detrás del vidrio, salvo su reflejo presidiendo la ciudad. Se observa.

Casi nadie puede percatarse cuando el honorable señor lleva levemente su mano al oído para responder desde su auricular inalámbrico la llamada entrante.

Cierra levemente los ojos y sonríe (el trabajo está hecho).

Mira fijamente a los blanquísimos ojos de un maniquí y (muy sutilmente) sonríe.

En los ojos del maniquí se unieron la noche y el eclipse total de sol.





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Dr. Hyde

El hombre transita por la acera más tumultuosa de la avenida. Todo pareciera estar dispuesto para que a su paso se deformen de asco los rostros de quienes van en estampida de sí mismos.

Cae bruscamente ante el brocal de una resplandeciente vitrina. Se incorpora despacio. Se queda sentado, de piernas cruzadas. Alisa los harapos de paltó que malamente cubren su pecho casi desnudo. Del bolsillo interno, izquierdo, saca un pañuelo que una vez fue blanco. Lo despliega cuidadosamente sobre su regazo; intenta allanarlo; suspenderlo en el vacío. Del bolsillo externo, izquierdo, saca una piedra; semejante a un pequeño cubo, casi dorada. Parsimonioso, la posa sobre el ahajado papiro mudo.

La pequeña piedra flota y a medida que asciende, muy despacio, transmuta a una esfera cuyo fulgor se proyecta en todas dimensiones. El pañuelo recupera su albor, una garúa muy fina plena la avenida con diminutos diamantes que celebran todos los colores de la luz. El aire envuelve con suavidad todos los cuerpos; entra en cada quien y crea en cada uno el deseo de una palabra.

Al pronunciarla, cada quien se transforma en una hoja que asciende hasta un lugar en el cielo. Una tras otra se van acercando, formando grupos, trozos de un follaje que va creciendo y desde el cual avienen, entrelazándose, filamentos de una savia transparente; descendiendo hasta formar una luminosa encina en medio de un río que fluye hacia otra ciudad.

Solo uno, henchido de nada, permanece inerte. Cuando todo es luz, follaje y río, dispara su oscuridad hacia el pecho del creador. La avenida vuelve a ser tumulto y diáspora.

El vacío llama a otro hombre (el trabajo está hecho).





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Soy (dice el monstruo)

Soy la furia y el asombro



El resplandor que aguarda

en la última pared de tus retinas



Soy la furia y el deseo



El agua que anhelas

cuando sus manos acercan tu día



Soy la piedra y la mentira



Ausencia que implora

trazas del dolor de vivir

a tientas en el desierto



Soy tú

ese yo que eres

y respiramos





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Respirar (al yacer)

Si estas palabras no contuviesen tantos restos de realidad (quizás sería permitido ver el iris biselado que se oculta en nuestras gargantas durante sueños (sin malograr) (sin perturbar rumores) (vecindades) designios de almizcle y algas). Si libres de azufre impregnaran de cáusticos deseos las heridas que predicamos (todopoderosos) entre senderos que bordean la montaña; entonces sabríamos de su descendencia (su silencio) (su hambre).

Caerían (en el centro de sus fauces) provocando el fragor (por hendir) la sagrada dulzura de una voz que nos trajo desde la nada.

Para bendecirnos (mortalmente) San Jorge blandiría su verdad de acero apenas nuestras llamas (fértiles e ingenuas) busquen el cielo (cruzando otras calles).





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Descendencia

Hijo, cuéntame.



Había una vez un monstruo

que se rompió

y de su pecho cayeron

palabras







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Epílogo

«El nombre autoriza el Yo pero no lo justifica», escribió Edmond Jabés en su libro titulado Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato (Galaxia Gutenberg, 2002). ¿Quién es ese Yo que persiste en ser reconocido tal como es, que insiste en hacerse presente en nuestra soledad? «Ser uno mismo es estar solo –escribió también el autor del Libro de la hospitalidad (Aldus/Conaculta, 2002)–. Acostumbrarse a esta soledad. Crecer, actuar dentro de sus naturales contradicciones. «Yo» no es el otro. Es «Yo». Ahondar en este «Yo»: es esta la tarea que nos incumbe

Sin embargo, hay instantes en el que un «Yo» no se reconoce. No pocos instantes en los que cabe decir: “¿cómo es posible que «Yo» esté sintiendo, pensando o haciendo tal o cual cosa?” Momentos en los que nos reconocemos extranjeros de nosotros mismos y deviene, dentro del quién que nos refugia, la imagen del monstruo: un ser espectacular que se muestra ante nosotros, ajeno y extraño, con quien o con el ¿qué? parece imposible conversación alguna. Es un «aquel que viene hacia nosotros» desde la conciencia de estar ante «aquellos seres» a los que se refiere el monstruo creado por el doctor Frankenstein; el monstruo del monstruo creado por Mary Shelley, de cuya novela, para ti, lector, he extraído un trozo y te lo he entregado, en forma de epígrafe, como pórtico en este tramo del libro que nunca terminaremos de escribir ni de leer –acompañándonos siempre por Jabés.

¿Quién es el monstruo ahí, en ese tajo del libro de Shelley?: ¿él, que anhela pertenecer a este mundo?, ¿el doctor, que intenta crear el mundo a su semejanza y a quien el monstruo obliga a escucharle?, ¿o «aquellos seres» que en la cabaña se aman a través del lenguaje?

La primera persona en un monstruo es nadie. La segunda persona siempre será acusada de ser espejo y contradicción; angustia de soledad; creador y reunión a la vez. La tercera persona es «el otro» que siempre vemos desde lejos, desde buen resguardo. Es presencia permanente, acechante, amenazante, provenida y con quien, qué duda cabe, no es posible aviar intimidad, según Pessoa. El monstruo es siempre un «él», una «ella» o un «ellos», impronunciable, temido. Aquél de quien solo se puede hablar en ausencia, hecho lejura; porque su presencia, para bien o para mal, nos aniquila.

Si bien estas páginas nacen de una mirada reflexiva, cuestionadora y detractora del «Yo» que cualquiera de nosotros puede ser, se complementa cuando en medio de un mundo reconoce el monstruo de «los otros yo» que son y se refleja en ellos, o ve el reflejo de ellos en sí. «Yo soy» el monstruo que todos, alrededor de ti o de mí, han sido, son, habrán de ser.

La escritura de este libro se ha nutrido de referencias que el insuficiente lector que me ensaya acercó, desde un tratado sobre demonios y genios comarcales de la Edad Media (Lecouteux; Medievalia/J. de Olañeta, 1999), de un tratado sobre el bestiario medieval (Malaxecheverría, Siruela, 2000) y de un delicioso diccionario ilustrado de monstruos (Izzi; Alejandría/J. de Olañeta, 2000). Fueron cuidados como reliquias, a las que acudía cual oráculo, dos textos llegados a mis manos gracias al fervor de Jacqueline Goldberg: primero, el prólogo del poeta Arturo Carrera para una antología de la joven poesía argentina, titulada Monstruos (polícromo ramo de flores compuesto por él para el Fondo de Cultura Económica, 2001) y segundo, un artículo del narrador Gustavo Valle, aparecido en el primer número de la revista Veintiuno, de la Fundación Bigott (2004), titulado Función social del monstruo –y del cual, debo confesar, sirvió de inventario para la colección que aquí he intentado. Por otra parte, el escritor, extranjero en mí, buscó su aliento en algunos cuentos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar; se extravió en la Odisea homérica y, también, naufragó a orillas de la prosa poética de Ramos Sucre, Cadenas, Rimbaud y Vallejo. He aquí, pues, los restos de ese naufragio.

Sobre el silencio de la página en blanco –quizás debería decir: de la pantalla encendida y vacía, intimidante tras un cursor que nos conmina–, brotaron las voces que pueblan este libro. Voces extranjeras que me han dejado, hecho trizas, extranjero en otro silencio: el de un golem mirando al cielo a través de una diminuta claraboya sobre la nada; el de un ser extraño que busca, afanado y torpe, un lenguaje que nos ilumine el rostro; las palabras que nos refugien y también nos expulsen hacia el otro libro que un día vendrá; resplandor de palabras que podamos escanciar, aunque sea un poco, en el vacío que somos; para darnos alma; encendernos de vida y aliviarnos, con sus misterios, sin presagios de destrucción; sin la amenaza de borrar, de nuestra frente, el aleph.



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Migas para recordar

Portadilla

Epígrafe



Soy somos

Discurso mordaz

Paciente silencio

Autorretrato

Si al cielo, Quirón, pudiese

Poética de uno de los monstruos

Sabiduría de sagitario

El otro

Buitre mediático

Dédalo no ha muerto

El hilo negro de tu verdad y su dueño

No nos mires ciudad

El monstruo y la luna

Voces en la casa

En torno a su mesa

Casa de asteriones

Creador de golems

Saturno llora a su primogénito

Sed del vampiro

El cautivo

Poética de Orfeo abandonado

(Habla el monstruo)

Esto no es un texto

Cancerbero

La pesadilla del arquitecto

La condena de Orfeo

El mediocre

Compañeros

Arañas sobre un pozo rojo

Cotidiana dimensión

Caronte se acerca a Mnemósine

El esposo

Los ojos de Godzilla

Pegaso hiere

Quimera

Sr. Jekyll

Dr. Hyde

Soy (dice el monstruo)

Respirar al yacer

Descendencia



Epílogo



Colofón

Reseña biográfica de Hernán Zamora



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Colofón

El enceguecido monstruo que insistió en la escritura de este libro, ¿Respira, quién en el umbral?, lo abandonó en Caracas, Venezuela, el 12 de abril de 2017; día en que se recuerdan las presencias terrenales del Papa San Julio I, de San Alferio y de San Giuseppe Moscati. Así, entre quien contemplaba una historia cada solsticio de invierno, el ermitaño que erigió una abadía desde una cueva y el científico abnegado a los incurables, aquél trazó un silencio.

Otro de los monstruos, descendiente bastardo del tipógrafo de Puerto Malo, laboró en la hechura de este libro virtual con los artilugios de textos contemporáneos y la pauta de estilo ordenada por la casa Smashwords. El diseño de la portada fue realizado por un discípulo de Quirón obsesionado con la geometría y las fotografías son vestigios del dragón que mora entre nosotros (salvo el fotograma, como se dejó claro al inicio de este viaje).

Un sátiro, fragante a mandarinas, agradece a dos lejanas salamandras, Eleonora Requena y Pedro Enrique Rodríguez, sus generosas y amables lecturas.

Una palabra agradecida quiere encarnarse en la sirena Jacqueline Goldberg, la más hermosa y fantástica de las criaturas que pueblan estas comarcas, pues ella aun riega de esperanza la posibilidad de estas páginas, entre unas manos que parecen mías.

Y usted, invisible monstruo que a fuerza de gran coraje ha llegado hasta estas líneas, por favor acepte también un manojo de gracias por la oportunidad que le ha brindado a este libro. Si le ha agradado, le rogamos, recomiéndelo a sus amistades y conocidos; esa sería una significativa correspondencia, por la que nos sentiríamos (me sentiría) (se sentirían) siempre retribuidos (retribuido) (retribuidos).





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Gracias, a Dios;

por el milagro de que acontezca en nosotros cada palabra.













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HERNÁN ZAMORA





(Caracas, 1964).

Arquitecto, profesor y poeta.

Ganador del XIII premio de poesía Fernando Paz Castillo, promovido por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG, 2000).

También están disponibles en Smashwords, para descarga gratuita, el poemario A contrasombra, padre (2012) y Fuego inútil (poesía reunida, 2002-2007; 2014). Otros poemarios publicados son 39 grados de cielo en la tierra (Oscar Todtmann Editores/Amazon, 2015) y Ofelia en la retina (Inspirulina & Stand Up Poetry/Isuu, 2015). Ha colaborado con distintas revistas literarias y diarios.

Doctor en Arquitectura (UCV, 2013), Magister en Diseño Arquitectónico (UCV, 2011). Desde 1998, es profesor en Diseño arquitectónico en la Escuela de Arquitectura Carlos Raúl Villanueva, de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la Universidad Central de Venezuela. También ha publicado distintos artículos en revistas académicas: Argos (USB), Portafolio (LUZ), Tecnología y construcción (UCV-LUZ), A parte rei (revista digital de filosofía).



: : : : : : (retornar a la portadilla) : : : : : :



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