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La casa de los héroes



Fedosy Santaella









Súper poderes







Leyendo a Julio Verne



El héroe, en sus escasísimos ratos libres,

lee a Julio Verne y se intenta niño

sobre el techo de un rascacielos

o reclinado sobre una roca

dentro de una cueva interminable.

Perdiéndose, busca su casa,

la que nunca tuvo, o la que perdió

en su quema de adentro, esa locura

cargada de amor por la humanidad.

Quisiera recuperar la fe en el futuro

y tener un sillón para el regreso,

como Phileas Fogg luego de darle

la vuelta al mundo, campeón siempre

de sus matemáticas. Pero el héroe no sabe

más que arder, como una zarza,

y huir de su propia sombra por la ciudad.

Quisiera sí, confiar de nuevo en Verne,

en la razón como trono del hombre,

o por lo menos, en la infancia.





En el medio del bosque



Puedes comprenderlo si te piensas desnudo

en medio del bosque, falto de pelajes,

de garras, de furia.



Inventamos el fuego porque temíamos.

La pistola, el tanque, el asfalto,

el acero de las altas torres.

El delirio de la razón.



El miedo nos hizo creer que podríamos.



Pero no sabemos derrotarnos,

tampoco rendirnos,

y así vamos, oficiando el extravío

entre el ramaje y las raíces,

tan indefensos

de nosotros mismos.





Súper poder



El amor, ese poder tan nuestro,

tan de glóbulos rojos,

sin definición geométrica

ni ciencia exacta,

tan de arrebato místico

y superchería.



El amor, su abandono,

ese vuelo, esa telepatía,

esos rayos calóricos,

esa fuerza bruta,

esa resistencia bajo el agua,

que se nos concede,

a fuerza de migajas,

y que a veces incluso

es nuestro enemigo.



Porque un súper poder

que no te niega,

tampoco sirve de nada.

















Silver Surfer y la lucidez lunar



Cada día,

sobre la tabla

de sus dignidades,

mira hacia abajo

en su reverente grandeza,

dispuesto a ganar poco,

a perder mucho,

a resistir siempre.















Silver Surfer y el devorador de mundos



Para no destruir el amor

te alejas de tu amor,

y destruyes otros mundos,

otros amores.









Hulk en casa



Abre los ojos y mira, realmente mira,

niño famélico, asustado.



A su alrededor todo está roto,

la casa rota, las almas rotas.



Nunca verás

contrición más sincera.



Pero la ira es caprichosa

y el dolor no cree

en golpes de pecho.













La ira según Hulk



Espectro que atraviesa paredes,

reventándolas.












La oreja de Fibonacci







El otro Spiderman



A Hernán Zamora





Tóxica y blanca, lista para ser inhalada,

la araña de cinco patas aguarda,

ya mordida, sobre un disco de David Bowie.



Él, sonámbulo en su nariz,

se trepa a las paredes,

al techo, al visor de la puerta,

incluso a la caja del armario, adentro.



Siente el peso de lo que se viene,

la lenta tragedia de la luz.



Sobre el descampado de la sala,

la mañana lanzará sus estiletes

y una mano en red, babaza,

volcará los hilos de su noche

sobre el rostro encandilado.



Su rostro ansioso de tacto.



Pero las cosas carecen de piel,

no tienen sangre, no tienen ríos,

no se mojan entre las piernas.



Las cosas sólo saben estar muertas,

servilletas sobre la mesa,

mapas de azoteas sin vértigo,

instrucciones para dar saltos,

lecciones finales para niños viudos,

tinta corrida de la mala poesía, trazo borroso,

como si le hubieran llorado encima, aunque no.













La oreja de Fibonacci


Entregué mis laberintos a la ciudad,

y ella se perdió en mí, al fondo,

a la vuelta de mil esquinas.


La salida, desplome de oscuras piedras,

hubo de ser derribada a fuerza de mordiscos.


Ahora me dibujo una casa en la frente.


Una casa con suaves cortinas y cantos de pájaros,

donde mis dedos juegan a ser niños.


Abajo, en la breña de las raíces,

el laberinto sugiere algún oleaje malsano

que insiste en la caída.


Para el héroe resucitado,

la oreja de Fibonacci

es siempre necesaria.









La paz de las derrotas



No saldré a derribar ciudades

ni subiré mi alarido

a las colinas encendidas.



Soy viejo en las tolvaneras,

otros hicieron el mal por mí,

y yo también hice lo que me tocaba.



Escribo, me bato en duelo

con las palabras,

suficiente osadía.



He aprendido a estar en paz

con mis derrotas.





Dormir al tigre



Ven, pasa sin cuidado, míralo sobre el lecho y entre almohadones.

No en una jaula, acá no hay rejas ni cerraduras.

¿Sabes? Sobre su lomo afané incontables descampados

y arrasé poblados propios y ajenos.



Era el mal y la poesía.



Aquellos tiempos, no lo niego,

tuvieron mucho de extraña belleza.



Ahora, después de tanto, por fin el tigre descansa.

Los ojos entrecerrados, suave la respiración.



Aunque, si te detienes a escuchar,

notarás que en el pecho lleva una fisura que mastica

carbones usados, ralladuras de hierro.



Hoy le paso la mano, y él dormita, tan sólo dormita.



No está mal, es necesario que así sea.

Me hace saber que sigue vivo,

que yo por mucho tiempo estuve muerto

entre garras y colmillos.



Los resucitados, ¿sabes?,

nunca vuelven por completo.





A todos los Clark Kent del mundo



No es el héroe

quien se esconde

en mis anteojos,

soy yo

quien se oculta

en su capa,

y así imagino

y me salvo.









The Crow



El dolor busca las azoteas, las noches, las alas negras,

y contra el destino medita revanchas.



El pasado es su exilio,

esa tierra de amores muertos,

por donde avanza hacia el fondo

de las cosas vacías, sin alma.



El dolor daña, a la espera de la redención daña,

y siempre pero siempre, conoce la derrota,

la condena.



El dolor es el amor sin casa.







Crac



Prefiero a la gente rota,

la gente rota va por las esquinas

como los gatos, porque son gatos,

y se sientan en las mecedoras

a mirar la montaña, la lluvia,

a escuchar el río.

La gente rota no habla con extraños,

no le interesan, no los saluda,

no entiende de simpatías.

La gente rota se salva

en la onomatopeya

del silencio, de la soledad.

La gente rota anhela dormir días enteros,

dormir y soñar, que es como morir.

La gente rota se levanta en las madrugadas

y reza al hueco de la oscuridad

casi siempre sin esperanza.

La gente rota vive la vida,

su amor por la vida, con el desdén

de los que se saben estafados,

y se guardan las lágrimas

para cuando haya que llorar

de verdad.







Crash Test Dummy



En el estacionamiento monta la cacería, hasta que finalmente les sale al paso y los sorprende. De los escoltas se deshace y sólo deja con vida a la víctima anhelada. La somete, la reduce con apretados cinturones y la sienta en el puesto del acompañante. Entonces toma el asiento del conductor y aguarda hasta la madrugada para salir con estrépito a las calles vacías.



Conduce a toda velocidad e impone en su víctima el horror del vértigo.

Grita, la víctima grita, su boca no ha sido vendada. Crash Test Dummy quizás sonríe tras su máscara, o evidente en su máscara, que es ya una sonrisa.



En cierto momento entrompa una pared y se estrella a cientos de kilómetros por hora.



Entre el humo y el latón retorcido, Crash Test Dummy sale

y se aleja en la noche saturada de olor a sangre y carne chamuscada.



Otro criminal ha muerto.









































Batman en el dintel



La locura nunca te deja, pactas con ella

y de vez en cuando le abres la puerta.



Reverente, da un paso hacia afuera

y te hace creer que estás al mando.





Batman en estas tierras



¿Qué haces acá? ¿Por qué has venido?



De dónde vienes, tu máscara es tan sólo parte

de un juego con las reglas bien asentadas,

un divertimento de niños en blanco y negro.



Finalmente te atajó la locura. ¿Se trata de eso?



¿Te veremos acaso corriendo desnudo, hirsuto,

fustigando con una lámpara el asombro del otro?



¿O tomando quizás la cicuta?



Regrésate, por favor, evita el delirio, la vergüenza,

deja a un lado tus seguridades.



En este mundo, ten cuidado:



el Guasón podría ser

tu mejor aliado.











El otoño de Bruce Wayne



A veces, cuando en las cosas se deriva

y almuerza en cualquier mesa

clavada al piso de cualquier feria de comida

de cualquier mall de Ciudad Gótica.



A veces, le llegan, sí, los recuerdos.



Nada que le estalle en la cara:

un tejado y su silueta al viento,

un salto al vacío,

un mandala de murciélago,

una tanquilla con vapor nocturno,

un Pow!,

un Clank!,

un Bong!

de una de esas tantas batallas

contra él mismo.



Más allá del anuncio de McDonald´s,

en medio de su soledad con agujeros,

acaricia esos recuerdos,

y su cuerpo, que alguna vez

fue un verdadero cuerpo,

hace descansar las manos

sobre sus muslos,

como si estuviera bien,

como si ya no importara.









La eterna contienda









Poema del exorcista Constantine

para ser leído por una novicia virgen



Tu cuerpo

es la eterna contienda.



Pero él permanece

siempre fiel, atento

a cada rigidez

de tu alma,

tan beata.



Cuando un cuerpo muere,

las almas dejan de sentir,

de amar, pues tan sólo

se ama con el cuerpo.



Ni los demonios

ni los ángeles

saben amar.



Salva tu cuerpo,

no tu alma.









Flash



¿Adónde vas con tanta prisa?

Huyo.

¿Qué ocurre?

Me enamoré.









Daredevil



Recuerden las manos, cómo se posan sin presión.

Rainer Maria Rilke.



Tocar tu rostro, transitarlo,

como si no me lo creyera,

como si mis manos disipasen

los atavíos de la sombra.



Ladrón de la gracia,

incrédulo de mi suerte,

por los dioses cegado,

sigo en pie, y quizás por ello

soy también héroe.







Ensayo sobre el film Thor de Kenneth Branagh



1

Thor dijo:

Golpe tras golpe, el martillo

derribará este puente. Me haré

triste, sabio, podré ser el rey

de las murallas de Asgard.



Jamás volveré al amor,

ese reino de la caída,

de la mortalidad de los dioses.



Ese reino

siempre en llamas.















2

No sabía Thor

que Odín su padre,

Odín la vida,

Odín de la Barca

lo soñaba.



Sus sueños

eran un plan perfecto

de ordalías y penas,

sobre todo de penas,

para el hijo

demasiado humano.



























3

Loki el rebelde, la llama que no parpadea,

estanca su paseo por el gélido jardín de sus delicias.



En la ventisca de nieve, algo cálido se insinúa,

(pero, sobre todo) algo sonríe y se aleja.



Él no alarga el brazo, ni siquiera en el vacío cierra los dedos.

No sabe sentir, no sabe cómo.



El frío es hermoso, pero también quema.













4

Quizás Thor no comprenda

que nada salva,

que salirse de ella

no lo hará más fuerte,

que la seguirá amando,

que para los dioses

también hay verdugos,

que despertar

será el peor

de los suplicios.































5

Ella mira las estrellas, las estudia,

busca un portal y pide respuestas al futuro,

pero el futuro es una mortaja

que ciega contempla.





Conducta en los postes



El poste ha de tener cuerda floja,

y pájaros, por lo menos uno

(un poste sin pájaros no es un poste).



El gato, héroe absurdo, debe resbalar

y aferrarse, la cola en vilo,

terco en su ojo, en su silencio.



El ave habrá de mirarlo, indiferente,

pero con súplicas en el pecho.



Que el felino lo logre, que vuelva

al punto exacto de su equilibrio,

de su aguante, de su empeño.

Sólo eso espera, para entonces,

sin mayor piedad, emprender

feliz el vuelo, sabiendo, sin voltear,

que aquel, su gato, sigue vivo.







Mirror Gunner



Su arma espejo,

su alma infalible:

cuando quiere herir,

ataca con su tristeza.




Wonder Woman


Ni golpes ni balas,

ni saltos ni patadas.

Tampoco giros en el aire

artefactos de laboratorio,

visión calórica,

fuerza sobrenatural

o poder de vuelo.


Nada de eso

(you fools!)


Yo, simplemente,

los enamoro.







Wendy en el aire



Da saltos detrás de su amor.



Una niña en faldas cortas,

el cabello suelto,

la sonrisa libre.



En puntillas, avanza,

y le pide que la espere,

en el jardín,

como si jugaran.



Algo se dibuja,

trazos de luz,

él volteando

sobre sus hombros,



y ella en el aire,

su mirada, la de ambos.







En santidad



Oscila, trabaja la paciencia,

busca comprender,

es un santo, un héroe,

el traductor de los silencios,

de las señales lejanas.



Penitente, sufre, anhela

el perfume brevísimo,

y es célibe, célibe milenario.



Apenas disfruta la brisa

que acaricia su rostro

cada vez que recuerda

el mito de los jardines.



Lo sagrado

nunca se da del todo,

esa es su belleza,

su ardua delicia.











Héroes del Chelsea







Héroes del Chelsea, viñeta 1



El cuarto está lleno de sombras de pájaros,

algunos quietos, otros aletean.



Reposa la tarde sobre la cama anónima,

vacía y desordenada en una quietud etérea,

muy cercana a una confortable muerte.



Él escribe y recuerda a la muchacha.



La imagina afuera, enorme en la avenida,

dándole la cara a la multitud que la admira.



En la penumbra, sin embargo,

la sombra la muestra tal como es:

un ave frágil dada a los aspavientos.



El corazón y la voz de ella son leyenda.

Pero él no quiso el sonido de esa voz,

sino sus labios, su saliva.



Él está por la carne. Por la carne y por el dinero.

Manhattan la frívola, la de las modas,

las de las pastillas para adelgazar.



Manhattan la de la gente hermosa.



Ella rio a carcajadas en el sillón,

botella en mano y una teta fuera.



«Me gustan los guapos, pero por ti haré una excepción».



Después, cuando ella le daba ritmo a sus vaivenes de boca,

él le soltó: «Tú también eres fea, muchacha.»



Ella se separó, se tiró hacia atrás sobre las sábanas,

se tomó un trago, se echó a reír de nuevo

con sabroso estruendo:



«Somos feos los dos, pero tenemos la música»,

así dijo ella y volvió a beber.



Él y sus recuerdos están en la habitación número 2 del hotel Chelsea.



Él quizás la necesita a ella, quizás no. Lo que sí es seguro

es que él se llama Leonard y ella Janis.













Héroes del Chelsea, viñeta 2



Fue a leer su poesía, y a jugar a la gran fama que lo perseguía.



Muy bien, perfecto, él podía estar en cualquier parte,

siempre y cuando le tuvieran whisky.



Un alcohólico es alguien a quien temes, y que bebe tanto

como tú, solía decir.



Era octubre para Dylan Thomas. Acababa de cumplir 39

y estaba enfermo de alguna quemadura que no le importaba.



Le dijo a la chica que se fueran a la cama, y la cama quedó revuelta.

Liz se llamaba, era la asistente del director del Centro de Poesía

donde había sido invitado a leer. Un sitio importante aquel centro.



Pero él no quería más que beber, y que las sombras que lo alzaban

lo siguieran haciendo más allá del bien, más allá del mal.

Ser famoso para beber, sólo eso justificaba su fama.



Así que dejó aquel cuarto y salió a la noche con Liz.

A la noche, a la espiral del trago inagotable,

a la búsqueda del equilibrio de sus manos,

a mojar su sonrisa de patán de quince años.



De vuelta al hotel, algo oscuro comenzó a rondarle

y a disgregarle las fuerzas del cuerpo. Otra vez

el ardor, otra vez la muerte.

Pero él tenía a Liz, y la amaba.



El amor puede, se decía.

El amor siempre gana.



Más tarde lo atendió un doctor.



Pasaron días, ¿pasaron días?



Buscaba en el aire, el aroma, el brillo de Liz, de su esposa,

de todas las mujeres que había amado como se ama sólo una vez.



El amor puede, el amor siempre puede, se decía. Quizás en voz

alta, quizás en murmullos, o hacia dentro.



Un día le inyectaron morfina. No volvió a abrir los ojos.



En aquella habitación del hotel Chelsea, en los espejos,

bajo la cama, dentro de los cajones y en la palma del poeta

se extendieron campos de Gales, y caballos blancos, suicidas,

galoparon praderas sin horizontes.





Héroes del Chelsea, viñeta 3



Un día en el ascensor, Patti se encontró con Muhammad Alí, Cassius Marcellus Clay, el grande. Ella era sólo una muchacha, una loquita anónima que no imaginaba el éxito que tendría en 1975, el año de Horses, el año de esa foto en la portada donde se le ve recostada de una pared, delgada, retadora, fascinante. Una foto de ella andrógina tomada por su Robert. De ella hombre, de ella como los anhelos ocultos de su amante. Aquel día, Patti Smith estaba aún lejos de los nueve álbumes que la harían célebre, y era simplemente Patti, una poeta destartalada que hacía sus lecturas con atuendos de boxeadora, pantalones cortos, botas y franelilla; siempre, eso sí, con aspecto de estar un poco enojada. Pero en ese momento, en el reducido ascensor, lo que había en su rostro era admiración y asombro. Nunca había estado tan cerca de una persona famosa. No, no de una persona famosa, eso le importaba un carajo; tan cerca, más bien, de un héroe, de un hombre que literalmente se había hecho la vida a fuerza de puñetazos. Era él, el campeón que volaba como una mariposa y picaba como una avispa; era él, el hombre que se había negado a ir a Vietnam, el que había sido injustamente despojado de su título por estar en contra de la guerra. Él, sí, que era un tipo duro, un tipo de respeto. Se notaba en la mirada que el campeón sabía de la vida. Que el campeón sabía mirar. No como el resto de la gente, que ni se enteraban de lo importante que era la mirada. «Nadie mira como nosotros, Patti», así le había dicho su hombre, su fotógrafo, su Robert, aquel que luego sería Mapplethorpe. Si tan sólo él estuviera ahí. Seguro le pediría al campeón una foto. Robert sentía fascinación por los cuerpos bien formados, sobre todo por el cuerpo del hombre negro. Robert decía que el cuerpo de algunos negros estaba cerca de la perfección platónica. En alguna ocasión habían fantaseado con un negro en la cama; había sido divertido. Y ahora, ahora que estaba frente al campeón, sonreía recordando la fantasía del negro haciendo trío con ella y con Robert. Le brillaron los ojos, empezó a moverse inquieta, más eléctrica de lo que ella era. Muhammad Alí se dio cuenta, sonrió. Ella se llevó las manos a la cara, dijo algo, dijo quizás, «Coño, no puedo creerlo», o algo así. El campeón, viéndole los pantalones de boxeo y las botas sobre el raquítico hombro, le preguntó, «¿Qué tal, también boxeas?». «Eres tú, ¿verdad?», dijo ella excitada. «Claro que soy yo», respondió él, y los acompañantes (dos personas, o tres quizás) afirmaron con la cabeza y brillaron en sus caras. Luego el campeón, allí, en ese minúsculo espacio, se puso en posición, movió un poco el cuerpo, lanzó un par de jabs muy suaves y lúdicos hacia la raquítica y luego volvió a su posición normal. Todos rieron, Patti también. El ascensor abrió sus puertas, le tocaba salir al campeón y a su gente. Cuando quedó sola, Patti se llevó las manos a las sienes, brincó. «Espera que mi bello Robert se entere», decía, y casi lloraba y casi reía. Estaba maravillada y ya saldría corriendo a la habitación a contarle lo que le había pasado. Sin duda, para aquella muchacha el hotel Chelsea era una casa de muñecas en una zona desconocida.
















Heroico sublime







Canónica



Dame el permiso, por favor,

permíteme cerrar la puerta.



Quiero, tan sólo quiero

esta hora menor

de monástica valentía.



Sin testigos, sin ventanas,

un secreto, algo mío.









Arsenal (fragmentos)



Toda ilusión,

toda palabra,

todo cincel,

delgadísimo.

Toda biblioteca,

todo libro,

toda ilustración antigua,

todo daguerrotipo,

toda postal.

Todo perro

y todo gato,

callejeros.

Toda locura sin relojes,

toda esquina desahuciada,

toda sábana alargada,

como una cuerda

para huir,

o como una soga,

para también huir.

Toda hormiga,

toda bota.

Todo pan,

toda miga,

toda harina,

toda masa de pastel,

toda hambre.

Todo mantel de picnic.

Todo humo,

toda ceniza de cigarrillo.

Toda hoja en blanco, suelta,

cortante en sus bordes.

Toda horrible belleza.

Todo paraguas,

máquina de coser,

mesa de disección.

Todo hombro,

todo cuello,

toda nuca,

toda mejilla herida,

toda cicatriz sin dueño.

Todo punto final con espejo

de puntos suspensivos.

Todo barco en la distancia,

todo mascarón de proa,

todo faro en la colina.

Toda mano de niño,

todo columpio,

todo aleteo,

blanco o negro.

Todo globo,

aerostático

o de feria.

Toda pierna humedecida,

todo seno en flor.

Toda cueva,

todo agujero,

toda tumba,

todo vientre.

Toda sombra bajo la cama.

Toda cama de motel,

sin sombra, sin debajo de la cama.

Todo maquillaje corrido.

Toda llave sin puerta,

todo guijarro sin río,

toda palabra pequeña

de significados grandes,

como mar, sol, amor.

Todo árbol,

todo nido,

arriba o caído.

Todo colibrí,

todo carpintero,

toda secoya.

Toda ventana,

en especial toda ventana.

Toda reja,

toda jaula.

Todo contrato nunca leído.

Toda derrota.

Toda sonrisa idiota

o de idiota.

Toda masturbación solitaria,

y todo dedo que huele a gloria de mujer.

Todo aplauso a destiempo.

Todo tiburón,

todo cocodrilo.

Toda vena,

toda daga,

toda sangre.



Heroico sublime



Este atrevimiento

que debería ser

una hoja en blanco,



(si acaso paréntesis,

balbuceo distraído).



Esto que no sé decir,

esta imagen

apenas esculpida



(a pesar del Éxodo 20,4).



El firmamento,

la hoja reseca y la gota

sobre la hoja, la tenue luz



(luciérnaga el poema)



que se escapa

hacia la bruma



(ese bosque)



de las palabras.





Libreta cuántica



Hoy mi madre me trajo una libreta

que ya daba por perdida. La encontró en el cuarto

donde duermo cuando voy de visita.



El cuarto de mi niñez,

el de mis primeras lecturas,

aquel donde lloré la muerte de mi padre,

las mismas cuatro paredes que me vieron,

alguna madrugada, inclinarme reverente

ante polvos insanos.



No le pregunté en qué espacio

exactamente había aparecido,

prefiero imaginar que se hizo carne

a la sombra del clóset,

debajo de una almohada,

entre dos cobijas.



Nada de especial tiene la libreta,

notas de un congreso,

alguna lista de mercado,

un verso fallido,

ideas al destajo,

ni un solo dibujo.



Igual la trajiné, buscando en ella

lo que ahora soy.



Como si las rayas del pasado

fuesen los rastrojos,

las brújulas rotas

de una revelación

ya olvidada.



Pero no, se trata apenas

de una libreta que se detuvo

justo a la mitad de sí misma. Justo

donde los cobardes se regresan,

y donde medita un instante

el poeta, para luego lanzarse

al abismo del lenguaje

y volver resucitado

(el lenguaje, el poeta),

frente a la luz negra

de las páginas en blanco.



Allí, donde también yo me detengo,

sin saber si dar el salto

dentro del salto que ya di.











Nave de vidrio





Hazañas del héroe



  1. No jugaba fútbol este héroe.

  2. Leía, eso sí, leía los fines de semana, echado en su sofá, y hacía nacer una luz a su alrededor. Era la luz del atardecer, o también del amanecer, allí, saliendo de su cuerpo en el sofá de aquel cuarto con bibliotecas.

  3. Algunas tardes llevaba al mar a su pequeño.

  4. Otras, lo llevaba a casa de sus primos. Los fines de semana, temprano en la mañana, lo montaba en su carro y atravesaban la ciudad aún dormida, aún sin tráfico.

  5. Decía frases increíbles que quien las escuchó nunca las olvida. Frases como «Nunca te enamores de mujer sentada», o «En esta vida, es mejor hacerse pasar por tonto».

  6. El héroe visitaba con su pequeño librerías y tiendas de cómics.

  7. Y tiendas de música. Y museos.

  8. Amaba la pintura de Dalí, y no despreciaba el arte abstracto.

  9. Una vez se bajó del carro a discutir con un tipo que se le atravesó con su camioneta titánica y que casi lo choca. (Su pequeño, atrás, se preguntaba si también él debía bajarse a hacer algo, si quizás él debía salir a defender a su viejo ídolo).

  10. El héroe murió cierto día, y siguió vivo en el recuerdo del chico. El héroe es inmortal, como todo héroe.





Nave de vidrio



Vuelve y quédate,

por lo menos quédate en mis sueños.

En tu nave voladora, en tu nave de vidrio,

daremos un paseo hacia las playas

de aguas templadas, allí,

donde se tienden en silencio

los que viven en la calma.



Descalzos sobre la arena luminosa,

la ensenada, la bolsa con los peces,

el muelle lejano donde sigues atendiendo barcos

y subes el puente, y me llevas, de la mano.



Quédate para ese instante

en que toda tu bondad regresa.

Mírame, sonríe, demuéstrame

que estás bien, que sabes

que yo estoy bien.



No importa lo que digas,

no importa si no entiendo.

Háblame con tu sola presencia

y dame compañía,

sobre todo, compañía.



Qué solo está en el mundo

un hombre sin su padre.








Soñé que era Han Solo


Soñé que era Han Solo,

un bribón de sonrisa torcida,

con canas y con barba también canosa,

que llegaba a un motel galáctico y se metía

en una habitación con una bella Jedi

que se desnudaba para mí

y se bañaba al seco con un jabón especial

que le hacía tatuajes en el cuerpo,

los tatuajes que mi inconsciente

deseaba para ella.


Luego cogimos, la bella Jedi y yo,

en su piel quedaron los rastros

de lo que yo hice con ella.


Me iba tan bien siendo Han Solo,

tan solitario,

tan sin compromisos,

tan sin trabajo de oficina,

tan dueño de mí mismo

y tan poco dueño de las cosas del mundo,

asomado a la ventana, viendo pasar las naves del cosmos,

mientras al fondo sonaba (o soñaba) alguna tonada,

(algo de unos muy remotos Radio Head),

quizás del bar, quizás

de alguna otra habitación.



Fumaba yo, en mi sabiduría cansada,

un viejo cigarrillo al estilo siglo XXI,

y me decía, «De acá soy, acá pertenezco.»


En alguna parte, sobre una inmensa

playa de estacionamiento

junto a una vasta extensión de dunas,

reposaba el Millenium Falcon,

y en otro lado, no muy distante,

Chewbacca se emborrachaba

en aquel bar de donde salía la música

(ahora quizás la reliquia de un tal Tom Waits)

y le agarraba una teta

a una wookiee voluptuosa

pero igualmente llena de pelos.


Me había ido tan bien, sí,

siendo Han Solo,

que me desperté pensando

que realmente había sido

un bellaco sin perros que le ladren,

en otro tiempo, en otro lugar,

y que todo lo vivido

(nótese: lo vivido),

se asentaría,

y de ese modo yo seguiría

siendo Han Solo,

y le daría algo de dignidad

a estos días lamentables

que nos han tocado vivir.













Locos







Tesla, sus amigos



Tantos amigos que ya no son,

mejores amigos de festín

y de club de caballeros.

Amigos de renombre,

dispuestos a negociar por ti,

cabeza de arcos voltaicos,

locura matemática,

torre inacabada,

tan lejos del mundo,

queriendo del mundo

lo que nunca ha podido dar.



Eran los tiempos

en los que aún se podía creer.



Tú creías, ellos creían,

o eso decían, o así lo pensaban,

convencidos de ser los padres

de un futuro con todas las luces encendidas.



Pero ellos estaban por otra cosa.

Aunque lo negaran de rodillas

o sobre el vientre de sus amantes,

ellos estaban para ellos mismos,

perecederos en el apretón de manos,

inmortales en su herencia

y en su ventanal con vista

a falsos lagos noruegos.



Tú no, tú lo sabías, ¿verdad?



Sabías que al final te quedaría

una nostalgia inacabada,

de lo roto, de la herrumbre,

aquel banco de Central Park,

una habitación de hotel barato,

y las palomas, tan bobas,

que teniendo alas,

se quedan abajo,

entre limosnas.



Algo de poeta tenías,

de héroe, de hermoso fracaso.





El héroe de los locos



Bukowski es el héroe de los locos.



Lo dijo en un poema, ya no recuerdo

en qué página, en qué libro.



A mí también se me juntan los locos.

En su mirada oigo siempre

el volquete de mercado

que zarandea detrás de mí

(o adentro).



¿Qué quieren los locos? ¿Cuál su interés?

Quizás no buscan nada, o quizás

soy su ejemplo de locura bien disimulada.



Terribles los locos,

que sin saberlo,

me delatan.

















Por supuesto, Tom Waits





Tom Waits es un héroe disfrazado de mamarracho.

Pero ese disfraz es también su traje de oficina,

que no tiene, que detesta (el traje, la oficina).

La capa la lleva por dentro de la camisa, oculta.



Tom Waits sabe que es mejor seguir calle abajo,

sangrando, como Romeo por las esquinas,

(la sangre y las flores son lo mismo).



Tom Waits tiene grandes los pies

y camina sobre el fuego del asfalto, como si nada

(porque usa zapatos de suela gruesa, claro está).



Tom Waits odiaría este poema, y buscaría a Bukowski

para darme una paliza, sin piedad, merecidamente.



Tom Waits es el héroe preferido del Diablo

y de Dios, y de los niños como yo.



Tom Waits es el campeón de las mentiras

y sabe que todo es inútil,

pero también que todo es ficción

y que la ficción nos salva

o no salva, da igual.







A lo Marlon Brando



Nos duele la verdad, nos duele el bien,

ese oficio de santo, de samurái,

de aguante del cuerpo.



Ansiamos una luna

con dos caras iluminadas,



arrancarnos toda raíz oscura,



creer en el retiro,

en la paz de los atolones,

a lo Marlon Brando.



En la posibilidad somera

de estarnos quietos por dentro,

sonrisa en blanco,

gordos, canosos,

matando moscas

con una paleta.



Ni siquiera

el éxtasis religioso,

o el orgasmo de Dios,

también pecado.













Te esperábamos, Diane,

inquietos, inocentes y niños

en los agujeros, envueltos

en la libertad de la noche,

cuerda floja del suicida.



¿Te hicimos daño, Diane?



Tan sólo queríamos mirar tu lente,

ser francos, verdaderos

sin saber bien

qué es ser verdadero,

allí, en el centro

de nuestras esquinas,

de nuestras miradas,

humanos, nosotros,

los monstruos sin putas

ni travestis

ni ojos de ratas

bajo las mesas con faldas

de Nueva York la inmaculada.



Yo soy la cosa, dices.

Salí de la contención de mis venas,

busqué la belleza y la encontré.

Era más que un paraguas,

era convulsa,

impune no quedé.



Ni siquiera los ojos

quedaron limpios,

tus ojos, los míos,

nuestros ojos, Diane.





























Leonora y el parque de atracciones

A pocos días de su muerte





1

Un parque de diversiones

es el sitio

adonde van a dar

los surrealistas muertos.







2

Leonora toca el portón.

Lleva bajo el brazo

el cadáver de una mujer pájaro.

Mi doble ha muerto,

la he traído

a ver si me entiendo

por fin con ella,

el problema es que siempre

estuvo loca

y yo también.



(Dalí se indigna.)







3 (o pre coda de 4)

Hay montañas rusas con formas de pregunta.

El punto es tu cabeza, de cabeza.







4

Hay una pirámide con una montaña rusa adentro.

Leonora siempre lo supo: las montañas rusas son

para las preguntas. No hay que responderlas,

hay que vivirlas.







5

Ella cierra los ojos y sigue viendo

el mismo parque, las mismas atracciones.



El surrealismo no tiene párpados,

es el insomnio del inconsciente.







Coda de 5

Max Ernst despierta y ella no está a su lado.

¿Adónde se ha ido mi novia del viento?



Se la llevó un tifón de locura,

responde Leonora

con su voz de yegua nocturna.







Coda de coda 5

Yegua de crines de fuego,

yegua de la noche, night

mare, pesadilla.



Una mujer de equitación

y esgrima,

una rebelde

que escupe dientes

contra las sillas

de tu comedor,

y contra su padre.



También el parque

presta estos servicios.







6

Dice Leonora:

En el eterno retorno del carrusel,

hienas y caballos juegan

a ser dueños de tu destino.

Entiéndase por destino:

un traje de murciélagos

que alza vuelo

mientras más coraje tengas.







Coda de 6

En la casa de los espejos,

la noche tiene cara de hiena fértil,

porque fértil es la noche

cuando se trata

de un espíritu regio.







7

Huyen los caballos,

huyen los pájaros,

los árboles.



Le arde el estómago

y su estómago es el mundo.

Le aterra la esvástica tatuada

en la frente de los zombis

(zombi = Caín resucitado).



Vuelan trozos de periódicos,

Leonora los arrojó

desde el techo

de la Casa del Miedo.







8

Los parques son las sonrisas del mundo.



Detrás de toda sonrisa,

sonríe con ternura la muerte.



Este parque de Leonora

es una fiesta mexicana

de calaveras.



(La aburrida

Frida

muere de la envidia,

y resucita con dolor de espalda).







9

En este parque también hay columpios.



Los columpios siempre han sido una excusa

de los niños para jugar a los amantes,

de los amantes para jugar a los niños.



Preguntar a Fragonard,

que no es surrealista.







Coda de 9

Los columpios son pájaros

encadenados.







10

Leonora mira hacia los toboganes, suspira,

y una voz de hombre le dice al oído:

Una mujer sobre una cama no es lo mismo

que una mujer desnuda sobre una cama.

Una mujer desnuda sobre una cama,

florece.







Coda de 10

¿Quién fue su amor?



Su amor,

sus tres amores,

quizás su amor secreto,

el amor en general

la abraza, y ambos,

Leonora y el amor,

se convierten

en sombra de columpio

y emprende el vuelo.



El amor no desiste,

terco pájaro carpintero.







11 y final

Lejana y rebelde,

huraña y amada,

se retira la mujer poema

con su paraguas

y su bestiario.



Nada quiso,

nada quiere.

Su única elección:

la dolorosa alquimia

de la soledad.



El mundo no vale la pena,

y este Parque Paraíso tampoco.



¿Perdón, qué cosa es el mundo?,

dice Eleonora y sigue,

dejando rastros

de su espalda

en mis ojos.











Esparta y otros espejos



















Rorschach frente al espejo



Este hombre galopa los tejados,

como si siendo caballo

se pretendiese gato,

y así, bajo la luna llena, aúlla,

como si siendo gato

se pensare lobo.



No lo habita el delirio

ni la pasión por la justicia,

sino una forma amarga

de la hipocresía,

el espejismo

de lo perfecto.







San Agustín de los errores



La certeza de existir dentro en el error,

mi única verdad en esta Cartago

de sacerdotes atrincherados en sus ganas.



Pobre de quien llama amor a sus mentiras

y de aquel que mienta moral a su cobardía.







Esparta



Tú, que creíste ver

lo mejor en mí,

y ahora lo peor.



Tú, que te equivocas

con mis equívocos,

lo siento,

pero yo no podría

estar de pie

un solo segundo

en esa tierra

de convicciones.



En contra de tus anhelos,

de tu locura privada y de tu ira,

no poseo

la índole del héroe.



Seguiré creyendo

en lo que no creo

y en lo que quizás

creeré mañana,

diciendo

lo que siempre

digo de más,

destrozando

con las pezuñas

la arquitectura

de mis palabras.



Mantendré mi ruta

con retrocesos,

y causaré,

posiblemente,

algún daño,

o según tú,

mucho.



Daño sí,

el daño que hacemos

los que huimos

de algo sin nombre

a la búsqueda de algo

sin nombre.



En Esparta

todo se sabe de antemano,

los oficios, las morales,

los amores, los odios.



Yo no,

yo no podría

un solo día

en Esparta.

















Los hijos de Rocanegras



Somos los hijos de Rocanegras.



Nos disfrazamos y salimos al mundo

a cacarear, a perifonear,

a esconder nuestras verdades.



Cansados del mal

nos volvimos fantoches,

esa otra forma del mal.



No le hacemos daño a nadie, decimos,

y continuamos la ruta,

sin mirar a los lados,

con anteojos oscuros

a las seis de la tarde.

Con cabelleras rubias.

Con tetas operadas.

Con la boca en forma de culito.

Con demasiado maquillaje.

Con franelas apretadas.

Con vellos en el pecho.

Con betún en la cabeza.

Con marcas registradas,

logotipos del mejor tipo.

Con potestad para emitir juicios divinos.

Con sabiduría infinita.

Con furia sobre los débiles.

Con mecanismo de almohadas a cada paso.

Con el vidrio subido.

Con cámara hiperbárica.

Con bitácoras de viaje

en fiestas de cumpleaños.

Con la mente en la lejanía.



Somos los hijos de Rocanegras,

y lo peor:

no tenemos la culpa.

Sólo queríamos,



sólo queremos,



que nos dejen en paz,

y el derecho

a ser los héroes

de nosotros mismos,

aquí



en lo tan pequeño.













Testamento






Huérfanos


Dorothy, nuestra chica de Oz, no tiene padres

y vive con sus tíos en una granja.

Luke Skywalker no tiene padres

y vive con sus tíos… en una granja.

Peter Parker, alias Spiderman, no tiene padres,

y vive con sus tíos en la gran ciudad.

Harry Potter no tiene padres

y vive con sus tíos en un suburbio inglés.

Batman tampoco tiene padres,

y vive en una mansión con su mayordomo.


Los héroes son como Adán y como Eva,

han sido expulsados del paraíso, allá,

donde alguna vez tuvieron padre.


Los héroes, son los huérfanos de Dios.





Nunca héroes



Cabe preguntarse, si en el mundo

de los héroes existen los cómics.



Si Batman lee historias del Guasón,

si el Guasón lee hoy sus crímenes de mañana.



Si esas noticias amarillas,

más bien negras,

o si prefiere rojas,

les dan ideas,

o les dan respuestas.



Si son espejos,

como dos muchachas

que se besan desnudas.



Si son destino,

o Tarot.



Si acaso les da tiempo

de leerse a sí mismos,

de hacerse una paja,

o de tomarse un café

sobre una silla alta

ante una mesita

también alta y redonda,

contra un ventanal de Chicago.



Si todo está tan mal,

tan de papel manchado,

que nadie cree en nada,

ni siquiera en los cómics.



Stan Lee



Quizás entonces sea mejor traernos a Stan Lee,

pagarle miles de millones de dólares

para que nos asista y nos procure

unos titanes que sólo han de existir

en el dibujo y en los colores.



Quizás usted, míster Lee,

nos ayude así a disipar en las viñetas

este vacío sin foto de un papá postizo

llevándote de la mano por los jardines.



Tan sonrientes, tan necesitados de cariño,

nosotros, los hijos del abandono.



Master Lee, por favor, venga

y móntese en papel las hazañas

de un súper galáctico de a mentiras,

que logre por fin acabar

con nuestras rizadas ganas de montoneros,

de mandamases carismáticos y bravucones.



Regálenos uno que se mantenga

muy atildado en la portada del fascículo,

con el puño arriba, volando hacia el cielo,

hacia el sol, hacia las llamas

y las futuras cenizas de su ego,

cada vez más distante de este país

fatigado de supermanes de barro,

o peor, de carne y hueso.





















Testamento



Yo, coronel Brown del segundo regimiento de la Armada Británica,

y también sargento del primer batallón de la Legión extranjera,

dejo acá mi testamento de pelos de nariz y de pelos de orejas,

un par de elefantes que caben en una mano,

así como un perro que a todas partes me sigue,

un corta cutícula y, a pesar del esfuerzo, uñas rotas

con manchas blancas (no se sabe quién ha puesto el arsénico),

unas cuantas enfermedades raras, como fascitis plantar bilateral,

bruxismo y alcoholismo (aunque ya por estos lados no se bebe),

una colección de súper héroes en las repisas de mi biblioteca,

otra de cómics, y una de dibujos de mi niño, esos dibujos

que siempre me llevó al estudio cuando escribía mis memorias.

Pongo también a resguardo un clip que sirve para sostener recuerdos,

el tatuaje de un ave Fénix, que es más bien un talismán,

un escondite secreto (del escondite no se tiene mapa,

así que no insista, se agradece), y finalmente, por si acaso,

una camisa de fuerza, pues nunca podré dar en herencia

la cordura de mí mismo. Nunca hubo de eso.



Larga vida a Dios y a la reina, al rey y a Marcel Duchamp, nuestro héroe.





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